sábado, 17 de octubre de 2020

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos conejos bien encañonados, la temperatura no importa. Tan solo el vaho que sale de mi boca se interpone entre el rabicorto y yo. 

Disparo, el conejo cae y el perro lo cobra. 

A padre no le gusta cazar, por eso siempre voy con el tío Bandera cuando vengo de permiso; tiene cuatro hijas y a ninguna le gusta la caza. No sé por qué le pusieron de mote Bandera, pero es un mote propio, no lo ha heredado como nosotros el nuestro. En el pueblo somos los Camorra, por mi abuelo, que al parecer vino de la guerra algo sonado y buscaba siempre jaleo. La Beretta era suya, pero mi abuela se la escondió. Sus razones tendría.

Qué contenta se ha puesto madre con los tres conejos que he traído, pero más contenta todavía se ha puesto con la perdiz que escondía en el morral. Seguro que hoy es el último día que la veo reírse, porque en cuanto pase el día de los Reyes me volveré al seminario. Ella ya ha empezado su dramática cuenta atrás y eso que esta noche es Nochebuena. 

A ver si cayera una nevada tan grande sobre los tejados del seminario que se hundieran encima de los frailes y no tuviera que volver. Padre dice que si no fuera por los frailes ni Manuel Patarrilla ni yo podríamos estudiar, que tuvimos suerte cuando el cura del pueblo nos escogió de todos los muchachos de la escuela para ir a San Francisco. Suerte tienen los que se han quedado en el pueblo, con sus padres, con sus hermanos y los olivares, que cuando vas temprano, antes de varear, siempre hay algún conejo despistado al que echarle plomo, y si se te cruza la liebre, ya has echado la mañana.

Esta mañana hemos ido a varear. Padre está poniendo las mantas debajo de las olivas y me ha pedido que encienda un fuego, hace frío y luego habrá que almorzar.

Mientras intento que se prendan las ramas le cuento lo difícil que son las matemáticas y el latín, y que hay que leer muchos libros, que son muchas asignaturas, cada una más difícil que la anterior, y que los frailes no ayudan ni lo ponen fácil. Padre me mira, sonríe y me dice que para asignaturas difíciles la de encender hogueras, pero que siga practicando, lo mismo que con las del seminario.

Andrés el taxista es el que nos lleva al seminario al acabar las Pascuas. Con nosotros regresan también unos cuantos muchachos de los pueblos de alrededor. Nos hace salir bien temprano, dice que hasta El Pardo hay muchos kilómetros y esos días hay mucho movimiento de coches.

El jersey de lana tejido por nuestras madres y lo apretados que vamos en el taxi hacen que pasemos un viaje bien caluroso a pesar del frío de enero. Y al final del camino, la mole de piedra, los frailes esperando. 

Empieza mi cuenta atrás, hasta Semana Santa.



lunes, 11 de mayo de 2020

Membrillos y croquetas

Ya hemos llegado. Ellos han oído llegar el coche y ya salen a la puerta, da igual que sea de noche, que llueva o que haga viento. Siempre salen a recibirnos, con los brazos abiertos, con una tremenda sonrisa, casi emocionados.
La abuela ha hecho croquetas, huele toda la casa. Las croquetas de la abuela son más alargadas de lo normal, las hace con sus manitas plagadas de artrosis, como si fueran dos pequeñas herramientas cóncavas que provocan este molde alargado que culmina en la croqueta más deliciosa que jamás probaré.
El abuelo nos enseña su último invento. El membrillo que da peras. Saltamos y reímos alucinados, como locos,  gritando al aire “¡un membrillo que da peras ja ja ja!”
Pronto sale mi abuela al oír el alboroto y como quien dice cualquier cosa insustancial, le dice al aire “ahora las peras están ásperas como membrillos y los membrillos gotean como peras”.
Nos quedamos un poco chafados, la abuela tiene estas cosas. Es como una pequeña impronta que le obliga inconscientemente a afear todo lo que hace el abuelo. Pero el abuelo se ríe y, como si no hubiera escuchado nada, nos dice: pues ya veréis cuando probéis los melocotones que le he injertado al ciruelo, se deshacen en la boca…
Y con una sonrisa socarrona saca su pequeño monedero y nos da una moneda de veinticinco pesetas. Nos arrojamos a su cuello y le inflamos la mejilla de besos.
Luego cenamos croquetas y la abuela saca de su escondite una caja de Surtido Cuétara, el paraíso de las galletas. Nos quedamos medio dormidos viendo el 1, 2, 3… y como por arte de magia aterrizamos en nuestras camas. Las mantas pesan, nos aplastan y nos sumergen en un sueño profundo.
El membrillo sigue dando peras, fuera en el corral. El abuelo no puede verlo porque murió hace unos años y la abuela tampoco, porque lleva encerrada dentro de casa cuarenta días. No entiende muy bien lo que pasa, pero sigue estrictas órdenes de sus hijos.
Sentada en su sillón de oreja la abuela regaña al abuelo, él ya no está, pero le cuenta todo lo que sale en las noticias y le pregunta que si tiene las mascarillas que se ponía para fumigar los frutales, que no las quiere para ella porque no va a salir, pero que alguien podría necesitarlas, que no sea ruin y se las de a esa vecina joven que le trae la compra. El caso es regañar al abuelo.
No sabemos si tenemos padres o no, desparecieron cuando olimos las croquetas, cuando bajamos del coche, cuando corrimos a los brazos de los abuelos, que son duros por fuera pero se deshacen por dentro. Como los membrillos. 

viernes, 10 de abril de 2020

La Vaquería

El pueblo se formó después de la cuarentena.

Al Gobierno se le ocurrió repoblar pueblos abandonados, arreglar las casas, adecuar servicios e instalaciones y hacerlos de nuevo sitios habitables y además funcionales. Pueblos que contaban con todos los recursos para poder trabajar, montar empresas, bien comunicados.

En principio los pobladores serían gente joven, o de mediana edad que necesitaban empezar de nuevo. Sobretodo gente con familia que habían perdido sus trabajos durante el estado de alarma, no habían podido pagar sus casas y habían sido desahuciados. También habría casas para médicos, maestros, policías y demás funcionarios esenciales que quisieran optar por cambiar de vida tras la crisis del COVID-19.

No tenía muy claro de dónde era Fermín el de la vaquería. Yo llegué con mis padres cuando tan sólo tenía cuatro años, por lo tanto el pueblo era todo lo que había conocido y él ya estaba allí. Estaba en mi vida desde siempre.

Tras la crisis del virus la gente se volvió más respetuosa con el planeta y muchos optaron por los productos ecológicos, por compensar a los pequeños agricultores y ganaderos que en tiempos de confinamiento tanto habían hecho por la población. Fermín montó la vaquería.

Siempre comprábamos allí la leche de sus vacas. Fermín y sus empleados se encargaban del mantenimiento de las vacas y de la producción de la leche. También hacían derivados lácteos de todo tipo, quesos, yogures, cuajadas. El paraíso de la lactosa.

Fermín atendía directamente al público, le gustaba estar en el mostrador de la tienda y charlar con gente.

Todas las personas vivíamos sensibles a los virus, bacterias, gérmenes. Yo ya me había criado en este ambiente de respeto al “enemigo invisible” pero al parecer antes las cosas no eran así. La gente no se lavaba tanto las manos, no se tapaba la boca al estornudar, ni reparaba en lo que había tocado o había dejado de tocar.

“Si no fuera por Pasteur nos habríamos extinguido hace mucho”. Era lo que Fermín siempre decía cuando alguna persona se sentía insegura al comprar leche en su establecimiento. “Tranquila, mujer, Pasteur no defrauda. Lo tiene todo controlado, no encontrarás ni un solo un bichito malintencionado en nuestros productos”. Y se reía con la boca bien abierta y con las manos hacía un gesto como si tuviera unas antenas y fuese invadiendo alguna superficie inmaculada.

Era un tipo bonachón y risueño, me gustaba que nos hablara de Pasteur, de verdad que lo admiraba. Una vez le pregunté que por qué no se había hecho químico o biólogo. Me respondió con una risotada “eso habría estado bien,  muchacho, pero que muy bien” y respiró hondo mientras una lagrimillita diminuta asomaba por su ojo derecho. Él pensó que no, pero yo la vi.

Mi madre llegó con la noticia, Fermín estaba en la ciudad ingresado en el hospital, al parecer una enfermedad respiratoria muy grave que sufrió hace años le había dejado los bronquios algo comprometidos y ahora sus pulmones acusaban aquel deterioro. Fermín estaba dejando de respirar.

Una mañana gris y lluviosa Fermín respiró por última vez. El entierro sería al día siguiente, en el cementerio del pueblo. Fermín no tenía familia, así que quitando los del pueblo no seríamos muchos en el cortejo fúnebre.

Camino del cementerio no pude creer lo que veía. La entrada estaba plagada de coches oficiales de los que se bajaban hombre con trajes de chaqueta y abrigos largos, mujeres de negro con gafas de sol negras también, Coroneles del Ejército y demás personajes que parecían sin duda altos cargos institucionales. Hasta que lo vi a él. Iba con su mujer, acompañaban al Presidente del Gobierno y su séquito.

El Presidente del Gobierno durante la crisis del COVID-19 tenía cara triste, se le veía visiblemente envejecido a comparación de cómo lo veíamos en los libros de historia.

El actual Presidente se irguió solemne junto al nicho de Fermín:

- Este es un día triste para todos. Fermín Saler de Lizana luchó con todo su conocimiento y todas sus fuerzas para salvarnos del COVID-19. Lo hizo bajo una presión incesante y a contrarreloj. Finalmente, como todos sabéis, él y su equipo consiguieron aislar los anticuerpos que dieron paso a la vacuna contra el COVID-19. Decidió después retirarse a este pueblo donde espero que viviera feliz todos estos años. Gracias Doctor Saler, la humanidad estará siempre en deuda con usted. Buen viaje.

Resultó que Fermín el vaquero no tenía nada que envidiarle a Pasteur.

En casa

La vaselina es lo que mejor funciona para reducir la irritación que dejan las marcas de las mascarillas y de las gafas de protección en la cara. Ni cremas hidratantes milagrosas, ni serums carísimos ni fórmulas magistrales. Vaselina.
Es lo único que lleva Cristina en el bolsillo del pijama de enfermera bajo la bata de protección. Un pequeño tubo de vaselina.
Cuando llega a casa mete la bata, la mascarilla y las gafas en un barreño de agua con lejía. Lo deja en remojo mientras se ducha y se pone ropa cómoda. Cuando termina se asearse, aclara sus enseres y los tiende en la cuerda del tendedero.
Mañana estarán listos de nuevo.
La casa es grande, muy grande. Pero no lo suficiente como para no oír los atolondrados pies de Mateo recorriendo todas las estancias de la planta principal.
Ya tiene tres años y medio y no para un segundo, su padre lo persigue para darle de comer, para bañarlo, para vestirlo. Otras veces es Mateo el que persigue a su padre, para jugar, para luchar, para darle un abrazo.
A Cristina se le derrama una lágrima por la mejilla, cae muy despacio, lenta como la amargura cuando se te mete en el cuerpo y te va volviendo gris.
Mateo pregunta constantemente por mamá, dónde está, cuándo vendrá, ¿se ha ido para siempre?
Juan Manuel le dice a Cristina, mediante mensajes de teléfono, que le dé a Mateo las buenas noches desde el sótano, que al niño le hará bien oír la voz de su madre. Ella titubea, piensa que alterará al niño escucharla y no verla. Concluyen que es mejor que Cristina le haga una videollamada al teléfono móvil del padre para poder hablar con el pequeño.
Finalmente hablan. Mateo ve a su madre y le manda besos, ella se emociona. Son ya cinco días sin abrazar a su pequeño. Mañana turno de mañana, pasado de noche y descansará unos días. Se ha protegido bien, ha seguido los protocolos al detalle, no tiene síntomas. Toda precaución es poca para conseguir el objetivo, abrazar a su hijo.
Mateo ha reconocido la estancia, el sofá, la mesa del fondo con las seis sillas, la chimenea donde papá prepara cocido en invierno. Mamá está en el sótano de casa.
En mitad de la noche se baja de su cama, ya sabe ponerse las zapatillas de estar en casa, se calza y baja las escaleras. Abre la puerta y ahí está mamá, durmiendo en el sofá del sótano. Mateo se lanza sobre ella. Trece kilos y medio de amor infantil. Es como si te cayera una gigantesca nube de algodón de azúcar con brazos de terciopelo y emitiendo palabras de amor tan dulces como la miel.
Cristina se sobresalta, horrorizada lo aparta de su pecho, el niño no debería estar aquí, entra en pánico y grita.
Juan Manuel baja corriendo, coge al niño que llora desconsolado y se lo sube sin apenas tocar el suelo a la planta principal.
Mateo llora y se duerme. Cristina llora más aún, no dormirá esta noche.
No le puedes explicar a un niño de tres años y medio que mamá no puede abrazarte, que está luchando en primera línea de batalla contra un enemigo malvado al que no podemos ver ni tocar pero que está ahí, al acecho.
Suena el despertador, turno de mañana. Cristina recoge su equipo de protección individual, ya está seco.
Desinfectante y guantes para salir de casa y coger el coche. Dos días más y la guerra contra el virus COVID-19 le dará una tregua para estar con su familia, para darles los besos que les debe, los abrazos que tiene guardados, las caricias contenidas. Nada puede perderse.

jueves, 5 de marzo de 2020

La Luz de Pepa


El poder te llega cuando menos te lo esperas. Puede que siempre estuviera ahí, pero no lo notas o no sabes que dispones de él hasta que llega el momento adecuado.
A Pepa le llegó tarde, cuando trabajaba de maestra en un colegio de Albacete en los años ochenta. Estaba casada con Luis y era madre de dos hijos.
Lo descubrió mientras caminaba por el pasillo del colegio y vio la cara triste de un niño de nueve años atormentado por un abusón de los de libro.
El abusón era un niño aún más infeliz que su víctima. A Pepa le bastó con acariciarle la cara y mirarle a los ojos para llenarle el corazón de luz y armonía. El niño se transformó por completo, pidió perdón y también  ayuda a su víctima, que lo ayudó con las matemáticas y el inglés.
Pepa hacía pequeñas heroicidades, que pasan desapercibidas a los simples mortales,  pero que son trascendentales globalmente.
Nunca hubo un accidente de tráfico en un área de dos kilómetros a la redonda  desde la casa de Pepa, la librería de debajo de su casa era un negocio exitoso, las macetas que colgaban de los balcones siempre tenían flores y las heladas sólo servían para que los vecinos vistieran las bufandas tejidas a mano que las ancianas del barrio, de más de noventa años, seguían tejiendo con vitalidad adolescente.
Pepa tenía la capacidad de dar felicidad, no hay un poder mayor.
Una mañana Pepa se notó un bulto en el pecho. Cáncer de mama, lo mejor será extirpar las dos mamas. Y luego quimioterapia y un pañuelo en la cabeza.
Por supuesto lo superó, era una heroína con mucho poder. Se puso bien, siguió su vida y vio a sus hijos tener hijos que la colmaron de más felicidad y por lo tanto más poder. Con ese poder salvó a su marido de morir por un infarto, y de paso en el hospital, resolvió el mal de amores de una enfermera, el miedo a hablar en público de dos médicos y fortaleció la autoestima de una auxiliar de enfermería, que le sirvió para mandar a la mierda al borracho de su marido y conseguir la custodia de sus dos hijos.
Pepa era luz.
Pero la luz tiene su dosis de oscuridad, su sombra obligada es el precio que hay que pagar. Y entonces el cáncer volvió. Y cada vez que Pepa se iluminaba y cambiaba la vida de alguien, el cáncer se expandía y aparecía en un órgano nuevo.
Pero Pepa se mantenía estoica ante la enfermedad. Para sorpresa de sanitarios y amigos, seguía en pie, llevaba el tratamiento con optimismo, las recomendaciones que le daban las seguía a pie juntillas y  así se mantenía con vida, y con luz. Un milagro para la ciencia, lo normal para un héroe.
Sus hijos prosperaban, sus nietos crecían sanos y su barrio seguía lleno de flores. Todo esto lo conseguía sin moverse de casa, encerrada con su dolor y con Luis.
Ella se daba cuenta que, desde que enfermó tanto, su marido era el único que no absorbía su luz, no podía hacerlo feliz. Estaba tan preocupado por ella que parecía como si se hubiera cubierto de una capa anti felicidad, incluso tenía la piel más gris, estaba triste.
Pepa seguía más o menos igual, algunos días incluso mejor, pero su marido seguía gris. Intentó darle luz, lo miró a los ojos intentando buscar una explicación y ahí lo vio. El saco que llevaba Luis dentro de su ser. Un saco lleno de pena, de angustia y de enfermedad.
El cáncer de Pepa avanzaba, pero no acaba con ella. Era como si a medida que se reproducía, alguien lo fuera sacando de su cuerpo y echándolo en algún otro sitio, en un saco quizá.
Muy sería, y emocionada, le dijo “Si llenas mucho el sacó explotará y tú irás detrás”. Su respuesta fue clara “No podemos privar al mundo de tu luz, te vas a curar”.

martes, 7 de enero de 2020

La Gran Familia


Otra vez “La Gran Familia” en la tele, la voz de Pepe Isbert desgañitándose por la plaza mayor buscando a ese niño criado con leche en polvo y queso americano hacía que Basilio casi perdiera los nervios. Pero respiraba tres veces, se calmaba y retomaba el hilo de la historia que le estaba contando su suegro. Esa historia sobre cómo había participado en concurso de arar la tierra y el arado se rompió y con un brazo tiraba del arado y con otro araba el campo como si su brazo fuera un diente más de la herramienta, una historia increíble sin duda, pero las tres primeras veces. Esta sería la veinteava vez que la escuchaba, delante de las mismas caras, repetida palabra por palabra.
Basilio no podía soportarlo más. Odiaba la Navidad.
Todos los años lo mismo, y el anuncio del turrón, y las luces, y los cuartos, ¡maldita sea! De sobra sabía cómo funcionaba el maldito reloj de la Plaza Mayor, ese y todos los malditos relojes del mundo.
Y sus hijos. Pidiendo, exigiendo regalos, cosas, mandando. Basilio siempre se lamentaba de haber ido a por el segundo, por hacerlo vinieron dos. Las Navidades eran un desfalco.
Esos días la paz de su hogar sufría una perturbación que Basilio detestaba. Con lo a gusto que estaba él el resto del año, con Teresa, los dos solitos. Y no en Navidad, que ni su Teresa era Teresa. Su dulce señora de transformaba en una especie de Hidra histérica, cocinando, recogiendo, ordenando, decorando, no paraba, no escuchaba, no hablaba.
Basilio odiaba hasta la bandeja del turrón y los polvorones, con ese mantelito con encaje de bolillo que hizo la Tía Margarita, la de Bolaños de Calatrava, que era una artista en el encaje de Bolillos, que sí, la que vino a nuestra boda con un sombrero con plumas. Otra vez Margarita, que se había muerto hacía veinte años y seguía allí metida en su casa todas las Navidades en forma de mantelito con encaje de bolillos.
La Navidad que su suegro ya no estaba para contar lo del arado sintió cierto alivio, no se alegraba de su muerte, pero un atisbo de tranquilidad asomaba en Nochebuena.
Cuando la mayor dejó de venir en Nochevieja porque se iba de casa rural, sintió cómo un peso se le quitaba de encima al no tener que ver el ridículo desfile de modelos que todos los años hacía la niña antes de irse al cotillón. Ridículamente pintada como una puerta.
Un año, para Navidad, Teresa no sacó la bandeja del turrón, porque los dos tenían el azúcar alto y era mejor no tener la tentación cerca. Con la bandeja fuera de juego, también la tía Margarita desaparecía.
Años más tarde ya no venía nadie a cenar en Nochebuena y Teresa y él se acostaban antes de las doce el treinta y uno de diciembre.
Un día Basilio lo supo, se había librado de la Navidad. Su vida no se veía alterada por esas dos semanas de caos y luz. Fue entonces cuando un veinticinco de diciembre,  encendió la televisión después de comer, por si por casualidad retransmitían “La Gran Familia”.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Barco de juncos



Todos los fines de semana había muerto un niño en el río Pusa.

Con esa premisa iniciaba mi abuela nuestra visita al pueblo; intentaba disuadirnos de que fuésemos al río y que corriésemos algún peligro.

Era inútil.

Las bicicletas parecían volar hasta coger el camino que nos llevaba al “puente de los tubos”, que no era ningún puente, sino dos tubos de hormigón, seguramente bien cargado de amianto, que cruzaban por encima del cauce del río Pusa provenientes del canal de riego principal, el que abastecía los huertos y las cosechas de regadío.

Justo ahí el río hacía un remanso y una pequeña poza se convertía en nuestra piscina particular. Niños y niñas de entre ocho y dieciséis años disfrutábamos toda la tarde chapoteando, tirando piedras y cazando renacuajos.

A veces venían los padres.

Normalmente nos fastidiaba al principio, pero luego se nos pasaba porque nos dejaban a nuestro aire y además traían comida, un extra que sabíamos agradecer de la mejor manera que sabíamos, devorándolo todo.

El padre de Sergio hacía unas canoas geniales con los juncos que nacían en la ribera. Le costaba un rato hacerlo. Cortaba los juncos necesarios y luego los iba enlazando hasta que se convertían en una embarcación casi perfecta. Nos pasábamos la tarde pidiendo a nuestro astillero favorito que nos construyera navíos y él nos decía: “¡a callar niños! Hoy os hago dos y los compartís... menudas tardes me dais...”

Quince años en la Brigada General de Estupefacientes hacen que te olvides del mundo natural en general si exceptúas las plantaciones de marihuana, claro; pero suele crecer en garajes, naves o locales escondidos. Bajo luz artificial.

Decidí que ya era hora de pasar unos días en el pueblo; incluso de coger la bicicleta y bajar al puente de los tubos. Hacía al menos diez años que no iba por allí. Es bueno reconciliarse con el mundo de vez en cuando, y si se hace volviendo a donde uno fue feliz tanto mejor.

Hacía un buen día, se agradecía ir en bici. Este clima que ni frio ni calor me gusta. No hace calor para bañarse ni frío para abrigarse, creo que es como lo recordaba. Al menos los campos de cultivo lo eran. Se extendían por la llanura hasta que comenzaba el territorio de las encinas y ahí, empezaba el monte. Seguía igual, quizá más cultivo y menos encina. No estoy seguro.

Llegué a los tubos.

No pude acceder. Dos coches de la Guardia Civil custodiaban el camino. Saqué mi placa -beneficios de pertenecer al Cuerpo- y me adentré en la zona.

- ¿Qué ha pasado agente?- El guardia, con semblante serio, me miró y dirigió su mentón hacia los tubos.
 - Un chaval, catorce  años. Se suben a los tubos para intentar hacer acrobacias modernas de esas...parkur o no sé qué lo llaman. No calculó y se cayó. Estamos esperando al juez, pero vamos, ya lo ve usted...
- Aquí había una poza grande, el río venía bien cargado en esta época del año...-me extrañé.
- Dios mío, ¿Hace cuánto que no viene por aquí? Llevo ocho años destinado en esta comarca y esto siempre ha sido el mismo colector de basura y verdín que ve ahora mismo. No alcanzo a imaginar que algún día aquí hubiera habido una poza, y mucho menos de agua limpia.

Al menos me había tirado doscientas catorce veces desde ese puente al agua. Ya no había agua, sólo basura y mal olor. Ya no era un río navegable para los barcos de juncos.

Ese día sí murió un niño en el Pusa.

martes, 8 de octubre de 2019

Agujeros en los calcetines

En mi casa siempre ha habido perros, mi padre es cazador por lo tanto dos o tres lebreles hemos tenido siempre. No entraban en casa ni se subían en el sofá, pero nunca les faltó nuestra atención y nuestro cariño y ellos siempre nos devolvieron todo el afecto del que son capaces y la mayor lealtad posible.
Es cierto que existía alrededor de la afición a la caza de mi padre cierto tráfico perruno y a veces unos perros se iban y otros llegaban, pero siempre nos gustaba contar con la compañía de los canes.
En una de estas ocasiones de mercadeo de animales le regalaron a mi padre, en el invierno del 2001, una cachorrita diminuta. Uno de sus alumnos se la llevó a clase metida en el bolsillo de su abrigo, asegurando que la cachorrita en cuestión, que no tenía ni raza ni padre conocidos, sería en cuanto creciera un poco una magnifica conejera; alegrando las mañanas de caza de mi padre con lances imposibles y capturas in extremis de conejos que, pensando que ya encontraban refugio en su madriguera, se encontraban acorralados por la fiel compañera de caza de mi padre. 

La perrita era bastante poco agraciada, una perra pequeña y fea, pero era tan graciosa y adorable al mismo tiempo que decidí llamarla Audrey, porque para mí era el animal más bonito del mundo. Dada su corta edad  y su evidente fragilidad, la tuvimos en casa unos meses. Dormía con mi hermano, se comía nuestros calcetines y nos mordisqueaba los dedos de los pies cuando no nos dábamos cuenta, era una delicia caótica que nos hacía reír y enfadar a partes iguales.

Habían pasado unos meses y por fin Audrey tenía edad para salir al campo. Mi padre la echó en el coche con el resto de perros y se marcharon al monte. Nos contó que al primer disparo que oyó, la pequeña Audrey (que no pesaba más de dos kilos y no levantaba un palmo del suelo) se agazapó junto a una piedra y no se movió. Tan asustada se quedó del estruendo, que se mantuvo en esa posición hasta que llegó la hora de comer. Mi padre la encontró en el mismo punto donde la había dejado cuando disparó por primera vez aquella mañana. La recogió y la trajo de vuelta a casa.

Obviamente la conejera no había resultado tal. Pero eso nos daba igual, la queríamos y se quedaría con nosotros, de eso no había duda. 

Una calurosa tarde de verano de 2005, mientras mis padres veraneaban en las Islas Canarias, Audrey, por alguna desafortunada causa del azar, se metió en la parte de la parcela donde vivían los demás perros de la casa, los que si cazaban. Lo hacía de vez en cuando y no solía pasar nada. Pero ese día pasó. Una de las perras se lanzó a por ella sin piedad, la zarandeó, le clavó los dientes y la dejó tirada en suelo gimiendo de dolor. 
Cogí su toalla, la envolví como si fuera un arrullo y me la llevé al veterinario. 

La veterinaria, después de hacerle unas radiografías me contó lo siguiente: "tu perrita está muy malherida, tiene la pared abdominal destrozada, le han roto parte de los intestinos y además llevaba 4 cachorritos en su interior que con seguridad han muerto. Podemos operarla, la vaciaríamos por dentro y quedaría bien....son 800 euros".

Creo que en mi vida he llorado tanto. Entonces yo no tenía 800 euros, sólo tenía 24 años y un coche recién comprado con una letra mensual. Llamé a mi padre en busca de ayuda y me contó lo siguiente: "Qué penita, pobre Audrey, paga la eutanasia a la veterinaria y que deje de sufrir la pobrecilla".

Lloré aún más. Era desgarrador ver aquella carita desvalida, envuelta en la tolla. Pagué con congoja la eutanasia y retirada de cadáver a la veterinaria y me fui de allí sollozando. Aun me quedé un rato en el coche llorando como si me hubieran arrancado un brazo.

En septiembre de 2005 fui con mi novio de la época a cenar a casa de una amiga. Lo pasamos bien, la comida estaba rica y la conversación era divertida. Me reí de ella cuando le vi los calcetines rotos. Me dijo que estaban su madre y ella cuidando a una perrita a la que un veterinario había operado y ellas se encargaban de limpiar sus heridas mientras le encontraban una familia. Le hablé de Audrey y como se comía los calcetines y cómo tuve que sacrificarla y cómo lloré.

Debí ponerme de un tono azulado cuando me dijo "¿Audrey? A esta perrita le llamamos Herpurita...". Yo busqué la cara de mi novio como quien necesita una aprobación inmediata y él dijo "no es ella, no puede ser tu perra Bea, pagaste una eutanasia. Un veterinario no haría eso nunca".

A la mañana siguiente, bien temprano, me llamó mi amiga "Bea, vente a casa que es tu perra". Vivíamos muy cerca, fui de una carrera, entré en jardín y una bolita de pelo marrón vino hacia mí ladrando sin parar. Era mi pequeña Audrey. Me senté en el sofá de la casa y de un salto se subió sobre mí, con su cabecita en mi entrepierna, sin moverse, perecía que estuviera diciendo "¿dónde estabas? Llevo mucho tiempo esperándote".

Un mes después me mudé a otro pueblo, me la llevé conmigo. Vivió conmigo en aquella casa y en otra a la que me trasladé después. Vio nacer a mi hijo y morir a mi abuelo.

Una mañana de agosto de 2016 vi que caminaba despacio y respiraba con dificultad, "esta tarde la llevo al veterinario, en cuanto salga de trabajar". Cuando regresé a casa estaba en su camita, inmóvil y fría.
Ahora sí se había ido para siempre y no iba a resucitar para volver a mi lado.


domingo, 22 de septiembre de 2019

La colada



 Quedamos en que Miriam se encargaría de la comida enlatada, yo llevaría la envasada en plástico y Marta sería la encargada de comprar lo que fuésemos a consumir en el día: algo de pan, fruta y las imprescindibles cervezas. Dado el amor que las tres le teníamos a esta bebida y en un arrebato de sentirnos tan europeas como la que más, concluimos que no podíamos repetir marca. Cada ciudad de Europa, una distinta.
 Viajar en tren no es todo lo cómodo que uno pueda esperar, sobre todo si tu billete de Interail solo te permite tomar trenes regionales; nada de alta velocidad y, por supuesto, siempre en turista. Pero eso no importa cuando se tienen veinte años. Latas de albóndigas en la mochila y escasa importancia por la depilación. 
Así éramos y así viajamos.

La mejor manera de descansar era coger trenes que viajaran de noche e hicieran largos recorridos. De ese modo, un día estábamos en París y al siguiente en Múnich para después amanecer en Bruselas con billete reservado para el nocturno que iba a Viena.
 Una mañana aparecimos en Innsbruck. Es una ciudad preciosa. La capital del Tirol austriaco. Cuando paseas por sus calles te da la impresión de que las montañas se te van a caer sobre la cabeza. Entendimos en ese momento el miedo de los galos a que el cielo se les cayera encima mirando hacia arriba cuando nos bajamos del tren en la estación de Innsbruck. 
 Enseguida bajamos la mirada al mundo real y allí estaba, como una aparición, un escaparate que, al menos a nuestro juicio, brillaba por encima de los demás. Era lo que llevábamos días buscando: una lavandería.
 Con un par de euros llenamos una lavadora y de ahí sacamos la colada limpia para, con otro par de monedas, echarla en la secadora. Hacía sol, la cerveza era barata y los bancos de la lavandería eran cómodos. Un sueño hecho realidad para tres mochileras universitarias.
 Estábamos esperando a que la secadora terminara su programa cuando una banda de músicos atravesó la calle. 
 Una maravilla de orquestación de instrumentos de viento y percusión, trajes típicos con plumas en los sombreros, bigotes de inmensas dimensiones y orondas mujeres con jarras de cerveza. Creo que las tres lo pensamos, o al menos a mí se me pasó por la cabeza, pero sólo Marta lo dijo: Tías, paso de todo. Me quedo a vivir aquí. 

 Marta era así, parecía una pasota pero estaba al loro de todo lo que le rodeaba. Así que después de que a Miriam se le pasara el ataque de risa y yo le preguntara por tercera vez que de qué coño nos estaba hablando, volví a mirar a Marta y entonces lo vi. Era convicción y era seguridad.    
 La tía hablaba en serio. Giré la cabeza y vi el cartel en alemán que había colgado en la puerta de la lavandería: Manager wird benötigt (se necesita encargado).
 Le bastaron 10 minutos y la guía de “Cómo hablar alemán en 10 días” para decidir que se quedaba allí a vivir.
 El siguiente tren que cogimos nos llevó hasta Lyon, pero Marta ya no venía con nosotras.

 Cuando paso por una lavandería me acuerdo mucho de ella, sobre todo porque aparece en los carteles de la mayor franquicia de lavanderías del país. Ahí está su imagen al lado del nombre de la marca y el lema de la misma que reza: “Valora tu tiempo y aprovéchalo, de la colada nos encargamos nosotros”.

martes, 16 de julio de 2019

No place like home


Una maleta a reventar de ropa de verano, con alguna rebeca por si refresca, sandalias y zapatillas de deporte por si me animo a salir a correr. La bolsa de la playa con toalla, esterilla, crema solar y dos novelas de fácil lectura para pasar el rato bajo el sol. Las gafas de buceo con el snorkel y unas aletas para nadar más rápido. En Almería se ven un montón de animales marinos con sólo flotar en la superficie y merece la pena merodear con las gafas alrededor de las rocas. Ya está todo.

Salgo temprano por la autovía de Andalucía, aún no ha amanecido pero ya hay coches circulando, pienso si todos llevarán un equipaje como el mío, seguro que sí, somos rutinarios para todo y predecibles. Vacaciones de verano, viajar a la playa, engordar unos kilos, volver al trabajo tristes pero aliviados de recuperar la rutina. Despejo esa idea de mi mente, qué carajo, claro que se puede estar siempre de vacaciones, pero nos han convencido de que no y me empiezo a cabrear, tanto que casi me paso el desvío. Mierda, no es por aquí, viajar sola tiene estos inconvenientes, la falta de copiloto.

Buscar un cambio de sentido no está siendo fácil, ha salido el sol, me deslumbra un poco, no veo bien lo que dice ese cartel pero parece que indica una vía de servicio con gasolinera, decido entrar. Sabrán indicarme, y no me vendrá mal un café. Aparco el coche bajo un techado de uralita. La verdad es que el paisaje es desolador, una gasolinera vieja en medio de la nada con un cartel oxidado que reza “BIENVENIDOS AL PARAISO”. Sonrío inevitablemente, tremenda autoestima la de los habitantes de este lugar. Me acuerdo de Dorothy pensando en su  granja de Kansas diciendo “there´s no place like home”, ¡venga ya Dorita! ¿En serio es mejor esa granja en blanco y negro a todo el mundo de fantasía y color de Oz? Incomprensible para mí. Aún le estoy dando vueltas al tema de Oz cuando se me presenta un apuesto gasolinero, tan sucio como el que más, pero se vislumbra un físico aceptable bajo esa capa de grasa y me pregunta amablemente en qué puede ayudarme. Le indico mi problema de orientación y carreteras, sonríe y me dice que me tome algo en la cantina, que irá enseguida con un mapa para mostrarme que mi destino no tiene pérdida.

La puerta de cristal chirría y suenan las campanitas que hay colgando del techo cuando empujo la puerta hacia adentro. A continuación viene el dependiente, igual de sucio, pero igual de apuesto. Saca un mapa y me muestra el camino, parece fácil, qué torpe he estado, ese maldito sol deslumbrándome… Me pongo en marcha y en menos de diez minutos estoy en la playa. En San José, no me lo puedo creer, es como si hubiera atravesado un agujero de gusano, ¿cuánto he tardado desde el centro de la península? ¿Dos horas, tres? Bueno, mejor para mí, bendigo los vórtices espacio temporales y me sumerjo en mar.

Vacaciones de verano, sol, playa, peces, comida en el puerto…no puedo pedir más, me siento completamente en paz. Abro los ojos, parece que acaba de amanecer, hay una ventana por la que se ven unos enormes chopos en una gran avenida, sus hojas amarillentas caen al suelo mecidas por el viento. Tengo la boca seca, quiero agua, he debido decirlo en voz alta, una enfermera regordeta  y sonriente me trae un poco con una pajita, bebo. Con una voz suave y una leve caricia, me pregunta si me acuerdo del accidente. Estaba amaneciendo cuando un camión perdió el control y chocó contra mi coche. Llevo en coma dos meses.

Pregunto a los médicos si alguien me ha sacado del hospital en ese tiempo, si he estado fuera, dormida pero fuera. Se ríen, por supuesto que no. 

          Estado comatoso profundo.

Juraría que estoy bronceada, aún me sabe la boca a pescado y tengo agujetas de bucear. Si cierro los ojos aún sigo de vacaciones. Supongo que Dorothy no estaba tan equivocada.

lunes, 24 de junio de 2019

Mont Blanc


Hicimos cumbre a las 10:23 a.m. Roger dejó de respirar alrededor de las 11:14 a.m.
Solía decirme que sólo amaba dos cosas: la montaña y a mí. Yo me reía y le decía que la montaña no era una sola, que había muchas y él, con su sonrisa de marinero curtido me decía:  pegmíteme este ligego libegtinaje, mon cherie”.
Me sentí ridícula cuando comprobamos que sólo nos faltaban 35 metros para la cumbre, la ventisca del día anterior no nos había dejado continuar. Roger se empeñó en hacer el ascenso en el mes de febrero, cuando la montaña estaba más fría y más le enfadaba que perturbaran su tranquilidad invernal. Hacerlo en verano era de turistas, solía decir.
Roger era un amante de los extremos, según él la Meca había que conocerla en plena peregrinación, Sevilla en Semana Santa y Moscú en enero. Cada lugar en su pleno esplendor y en la mayor de sus crudezas.
Con su amada montaña no iba a ser menos, me dijo que nada podía hacerle más feliz que subir al Mont Blanc por la Aiguille de Bionnassay, en invierno y conmigo a su lado. Por supuesto me pareció una locura de marca mayor, pero el maldito gabacho sabía cómo convencerme, me tenía bien cogida la medida. Maldito seas Roger, maldito seas un millón de veces.
“Voy a hacer de ti una excelente alpinista, mon cherie, ya vegás. Entregnaguemos en tu queguida Siega de Gredos, hasta que subas al Almanzog con los ojos ceggados”. No podía negarle nada. Ese acento francés y esa capacidad para entusiasmar a un muerto lo hacían absolutamente irresistible. Y el Circo de Gredos. Un espectáculo de la naturaleza que llevaba toda la vida a dos horas en coche de mi casa y que tuvo que venir un maldito gabacho del sur de París a mostrarme cuánto se te puede ensanchar el alma cuando la montaña se muestra ante tus ojos. No te lo agradezco, Roger. Te odio por ello.
No fue hasta la noche antes de hacer cumbre, que no me dijo que tenía varios dedos de las manos congelados, le insistí en que bajáramos en ese preciso momento. Pero mis palabras se precipitaban en el vacío de sus carcajadas al escucharme.
-   Haguemos cumbre en el Mont Blanc y te pedigué que te cases conmigo.
-     Llevamos casados ocho años Roger, no digas tonterías y volvamos al refugio.
-    Te lo pedigué de nuevo, me casagué contigo todos los días del guesto de mi vida.

Maldito Gabacho.
Durante los 45 minutos que me quedé quieta sosteniendo su brazo inerte, el pensamiento que más se repetía en mi cabeza era el de morir allí con él. Se me acaba la vida al perder él la suya.
Lo último que me dijo fue “no imaggino megjor manera de moguir, mon Cherie…en mi Montaña y a tu lado”, el cabrón lo sabía, sabía que no volvería a bajar, que se quedaría en la cumbre para siempre.
Bajé hasta el refugio de Durier casi flotando, no pesaba nada, o al menos pesaba la mitad. 
Ahora siempre tengo frío, no consigo nunca entrar en calor, supongo que es porque la mitad de mí sigue en la cumbre del Mont Blanc, sosteniendo el brazo de mi maldito gabacho.

lunes, 3 de junio de 2019

Comerse a besos


A pesar de que ya pasaban de los cuarenta, no era su amor un amor convencional, ni tampoco muy maduro. De hecho era un amor casi adolescente, lleno de besos, de caricias y de arrumacos. Un amor que se regía por la imperiosa necesidad de estar pegados el uno al otro cuando estaban juntos.
Sólo se querían de noche y no todas las noches, por eso interpretaban estos encuentros como ese momento especial del día en el que todo lo demás se quedaba fuera y de repente la habitación se convertía en el mundo entero. Un mundo en el que sólo habitaban ellos y que tenía como fecha de caducidad el siguiente amanecer. Después, vuelta  la rutina y a la vida, que sobrellevaban de la mejor manera posible, aguardando siempre con anhelo el siguiente encuentro.
Entonces llegaba de nuevo la noche y, como si de dos imanes se tratase, se quedaban pegados, muy juntos, sin dejar de besarse ni de tocarse, les encantaba la sensación de parecer que eran uno sólo y de no saber dónde empezaba el brazo de él y acaba la pierna de ella.
- Te voy a comer, ya verás…- Le susurraba ella al oído, mordisqueándole un poco el lóbulo de la oreja.
- No si antes lo hago yo… - Respondía él sonriendo, si bien sus palabras parecían decir “cómeme cuanto quieras”.
Fue esa noche, cuando ya dormían, que ella se giró hacia él y empezó a besarle la espalda y los hombros suavemente, como si cada beso fuera la gota que cae de un grifo que no se cierra bien. Según se acercaba a los hombros y continuaba por el brazo, iba sacando la lengua y chupando despacio cada centímetro de su piel. Entonces se dio cuenta de que no podía parar de hacerlo y que, con cada beso que le daba, iba calmando una especie de hambre voraz que le surgía del estómago. Tenía la sensación de que la piel de él se deshacía en su boca con cada beso y era eso lo único que le calmaba el hambre.
Un grito seco le hizo pegar un salto de la cama. Era él. Incorporado sobre la cama y pálido como la pared la miraba asustado sin saber qué decir. Ella se quedó con la boca abierta al ver que el brazo derecho de su amante había desaparecido por completo, en su lugar, un pequeño muñón redondeado cerraba la salida de su hombro, como si nunca hubiera habido brazo allí.
Ella lo abrazó y le dijo que se calmara, que todo iría bien. Él dejó de sentirse nervioso  y le dijo:
- En realidad tengo una sensación muy rara, como si yo nunca hubiera tenido este brazo, como si siempre hubiera sido así.
Esa mañana ella no quiso desayunar, se sentía llena. Incluso le costó abrocharse el botón del pantalón al ponérselos, como si se hubiera metido un gran atracón durante toda la noche.

jueves, 9 de mayo de 2019

HOPELAND 21



La misión lo es todo, se nos encargó a esta tripulación y no a otra, y asumimos el reto, no pudimos negarnos, el planeta entero confía en nosotros. Somos su única esperanza, no lo elegimos, o quizá sí, pero no lo sabíamos. No sabíamos los riesgos reales de ir a un planeta en otra galaxia y comprobar si es posible la vida tal y como la conocemos en la Tierra. Sólo nos planteamos que seríamos los héroes de nuestro tiempo, quizá de todos los tiempos.
La Hopeland 21, una obra inmensa de la ingeniería aeroespacial nos lleva a lo desconocido, a otro mundo, en otro tiempo y en otro espacio. El planeta es apto, la alegría es inmensa, hay agua en el subsuelo. Veintitrés días en ese lugar y las semillas más básicas han brotado, de su propia tierra. Es viable, lo hemos conseguido. Somos Héroes.
El plan es volver con las muestras, analizarlas en la Tierra y después organizar el traslado. El éxodo, crear una suerte de puente aéreo a miles de años luz de nuestro hogar natal.
Se plantea la cuestión que todos estamos pensando ¿y si nos quedamos? ¿y si hacemos de este nuestro planeta? Somos una tripulación joven de hombres y mujeres, desterrados de un planeta sin futuro. Quizá este fuera uno de los planes primigenios, somos muy buenos pero no los mejores. Los mejores tienen familia, hijos, posesiones. Reparamos en eso, nadie nos espera, estamos destinados a empezar de nuevo.
Miro a la Hopeland 21 ahí apostada, con sus enormes patas un poco  hundidas en el terreno. Ella nos une con nuestro origen, nos vigila, su sombra se proyecta sobre nuestras cabezas como una suerte de conciencia que nos recuerda la importancia de la misión.
De repente alguien lo dice, y no nos escandaliza, supone un alivio en realidad. Hay que destruir la nave. No tener la más mínima posibilidad de volver a la Tierra es lo que necesitamos para comenzar una nueva vida.
¿Qué será de aquellos que se quedan? Millones de personas condenadas a la extinción, nunca sabrán que existió una alternativa. El peso de la culpa va desapareciendo poco a poco a medida que la Hopeland 21 se va reduciendo a escombros. Con ella muere todo nuestro pasado y también las decisiones tomadas en nuestro presente.
Han nacido nuevos brotes y hemos descubierto que existe vida animal. Somos los primeros pobladores de un nuevo mundo que  se nos antoja esperanzador. Nos sentimos pioneros y colonizadores. El planeta será nuestro y lo asumimos con la fortaleza y la decisión que nos otorga haber sido también exterminadores.
Nunca hablamos de ello, solo seguimos adelante.

sábado, 30 de marzo de 2019

Real Sitio



Ya está, le digo a Teresa que prepare únicamente lo imprescindible y que nos vamos a Aranjuez, con la Familia Real. Sí, es lo mejor. Y si se pone farruca que se quede en Madrid, harto estoy de su genio, siempre de morros. En cambio mi Pepita ya está preparada, qué mujer…no hay nada en ella que no me guste, si acaso eso de ponerse en paños menores para el pintamonas sordo ese, pero bueno, todo sea por inmortalizar su belleza, pero el asunto de las pinturas lo que se dice gustarme, no me gusta.
Si es que está claro que todos estos franceses no han venido para ayudarnos a conquistar Portugal, no, estos vienen para quedarse. Pero no hay modo alguno de que el memo de Fernandito y su padre se lo crean, qué chico más insoportable, qué razón tiene su madre al llamarlo “marrajo cobarde”. Otro gallo nos cantaría si Maria Luisa tomara las riendas del reino, pero está rodeada de peleles, el Rey el primero. Malditos Borbones.
No hay que demorarse más. Nadie debe enterarse de que la Familia Real se traslada, el vulgo pensará que sabíamos lo de los franceses y no les va hacer ninguna gracia, ¡que ojo, yo lo sé!, pero como esta panda de descerebrados no me hace caso… Qué Dios nos proteja.


16 de marzo de 1808.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...