lunes, 3 de junio de 2019

Comerse a besos


A pesar de que ya pasaban de los cuarenta, no era su amor un amor convencional, ni tampoco muy maduro. De hecho era un amor casi adolescente, lleno de besos, de caricias y de arrumacos. Un amor que se regía por la imperiosa necesidad de estar pegados el uno al otro cuando estaban juntos.
Sólo se querían de noche y no todas las noches, por eso interpretaban estos encuentros como ese momento especial del día en el que todo lo demás se quedaba fuera y de repente la habitación se convertía en el mundo entero. Un mundo en el que sólo habitaban ellos y que tenía como fecha de caducidad el siguiente amanecer. Después, vuelta  la rutina y a la vida, que sobrellevaban de la mejor manera posible, aguardando siempre con anhelo el siguiente encuentro.
Entonces llegaba de nuevo la noche y, como si de dos imanes se tratase, se quedaban pegados, muy juntos, sin dejar de besarse ni de tocarse, les encantaba la sensación de parecer que eran uno sólo y de no saber dónde empezaba el brazo de él y acaba la pierna de ella.
- Te voy a comer, ya verás…- Le susurraba ella al oído, mordisqueándole un poco el lóbulo de la oreja.
- No si antes lo hago yo… - Respondía él sonriendo, si bien sus palabras parecían decir “cómeme cuanto quieras”.
Fue esa noche, cuando ya dormían, que ella se giró hacia él y empezó a besarle la espalda y los hombros suavemente, como si cada beso fuera la gota que cae de un grifo que no se cierra bien. Según se acercaba a los hombros y continuaba por el brazo, iba sacando la lengua y chupando despacio cada centímetro de su piel. Entonces se dio cuenta de que no podía parar de hacerlo y que, con cada beso que le daba, iba calmando una especie de hambre voraz que le surgía del estómago. Tenía la sensación de que la piel de él se deshacía en su boca con cada beso y era eso lo único que le calmaba el hambre.
Un grito seco le hizo pegar un salto de la cama. Era él. Incorporado sobre la cama y pálido como la pared la miraba asustado sin saber qué decir. Ella se quedó con la boca abierta al ver que el brazo derecho de su amante había desaparecido por completo, en su lugar, un pequeño muñón redondeado cerraba la salida de su hombro, como si nunca hubiera habido brazo allí.
Ella lo abrazó y le dijo que se calmara, que todo iría bien. Él dejó de sentirse nervioso  y le dijo:
- En realidad tengo una sensación muy rara, como si yo nunca hubiera tenido este brazo, como si siempre hubiera sido así.
Esa mañana ella no quiso desayunar, se sentía llena. Incluso le costó abrocharse el botón del pantalón al ponérselos, como si se hubiera metido un gran atracón durante toda la noche.

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