viernes, 13 de diciembre de 2019

Barco de juncos



Todos los fines de semana había muerto un niño en el río Pusa.

Con esa premisa iniciaba mi abuela nuestra visita al pueblo; intentaba disuadirnos de que fuésemos al río y que corriésemos algún peligro.

Era inútil.

Las bicicletas parecían volar hasta coger el camino que nos llevaba al “puente de los tubos”, que no era ningún puente, sino dos tubos de hormigón, seguramente bien cargado de amianto, que cruzaban por encima del cauce del río Pusa provenientes del canal de riego principal, el que abastecía los huertos y las cosechas de regadío.

Justo ahí el río hacía un remanso y una pequeña poza se convertía en nuestra piscina particular. Niños y niñas de entre ocho y dieciséis años disfrutábamos toda la tarde chapoteando, tirando piedras y cazando renacuajos.

A veces venían los padres.

Normalmente nos fastidiaba al principio, pero luego se nos pasaba porque nos dejaban a nuestro aire y además traían comida, un extra que sabíamos agradecer de la mejor manera que sabíamos, devorándolo todo.

El padre de Sergio hacía unas canoas geniales con los juncos que nacían en la ribera. Le costaba un rato hacerlo. Cortaba los juncos necesarios y luego los iba enlazando hasta que se convertían en una embarcación casi perfecta. Nos pasábamos la tarde pidiendo a nuestro astillero favorito que nos construyera navíos y él nos decía: “¡a callar niños! Hoy os hago dos y los compartís... menudas tardes me dais...”

Quince años en la Brigada General de Estupefacientes hacen que te olvides del mundo natural en general si exceptúas las plantaciones de marihuana, claro; pero suele crecer en garajes, naves o locales escondidos. Bajo luz artificial.

Decidí que ya era hora de pasar unos días en el pueblo; incluso de coger la bicicleta y bajar al puente de los tubos. Hacía al menos diez años que no iba por allí. Es bueno reconciliarse con el mundo de vez en cuando, y si se hace volviendo a donde uno fue feliz tanto mejor.

Hacía un buen día, se agradecía ir en bici. Este clima que ni frio ni calor me gusta. No hace calor para bañarse ni frío para abrigarse, creo que es como lo recordaba. Al menos los campos de cultivo lo eran. Se extendían por la llanura hasta que comenzaba el territorio de las encinas y ahí, empezaba el monte. Seguía igual, quizá más cultivo y menos encina. No estoy seguro.

Llegué a los tubos.

No pude acceder. Dos coches de la Guardia Civil custodiaban el camino. Saqué mi placa -beneficios de pertenecer al Cuerpo- y me adentré en la zona.

- ¿Qué ha pasado agente?- El guardia, con semblante serio, me miró y dirigió su mentón hacia los tubos.
 - Un chaval, catorce  años. Se suben a los tubos para intentar hacer acrobacias modernas de esas...parkur o no sé qué lo llaman. No calculó y se cayó. Estamos esperando al juez, pero vamos, ya lo ve usted...
- Aquí había una poza grande, el río venía bien cargado en esta época del año...-me extrañé.
- Dios mío, ¿Hace cuánto que no viene por aquí? Llevo ocho años destinado en esta comarca y esto siempre ha sido el mismo colector de basura y verdín que ve ahora mismo. No alcanzo a imaginar que algún día aquí hubiera habido una poza, y mucho menos de agua limpia.

Al menos me había tirado doscientas catorce veces desde ese puente al agua. Ya no había agua, sólo basura y mal olor. Ya no era un río navegable para los barcos de juncos.

Ese día sí murió un niño en el Pusa.

martes, 8 de octubre de 2019

Agujeros en los calcetines

En mi casa siempre ha habido perros, mi padre es cazador por lo tanto dos o tres lebreles hemos tenido siempre. No entraban en casa ni se subían en el sofá, pero nunca les faltó nuestra atención y nuestro cariño y ellos siempre nos devolvieron todo el afecto del que son capaces y la mayor lealtad posible.
Es cierto que existía alrededor de la afición a la caza de mi padre cierto tráfico perruno y a veces unos perros se iban y otros llegaban, pero siempre nos gustaba contar con la compañía de los canes.
En una de estas ocasiones de mercadeo de animales le regalaron a mi padre, en el invierno del 2001, una cachorrita diminuta. Uno de sus alumnos se la llevó a clase metida en el bolsillo de su abrigo, asegurando que la cachorrita en cuestión, que no tenía ni raza ni padre conocidos, sería en cuanto creciera un poco una magnifica conejera; alegrando las mañanas de caza de mi padre con lances imposibles y capturas in extremis de conejos que, pensando que ya encontraban refugio en su madriguera, se encontraban acorralados por la fiel compañera de caza de mi padre. 

La perrita era bastante poco agraciada, una perra pequeña y fea, pero era tan graciosa y adorable al mismo tiempo que decidí llamarla Audrey, porque para mí era el animal más bonito del mundo. Dada su corta edad  y su evidente fragilidad, la tuvimos en casa unos meses. Dormía con mi hermano, se comía nuestros calcetines y nos mordisqueaba los dedos de los pies cuando no nos dábamos cuenta, era una delicia caótica que nos hacía reír y enfadar a partes iguales.

Habían pasado unos meses y por fin Audrey tenía edad para salir al campo. Mi padre la echó en el coche con el resto de perros y se marcharon al monte. Nos contó que al primer disparo que oyó, la pequeña Audrey (que no pesaba más de dos kilos y no levantaba un palmo del suelo) se agazapó junto a una piedra y no se movió. Tan asustada se quedó del estruendo, que se mantuvo en esa posición hasta que llegó la hora de comer. Mi padre la encontró en el mismo punto donde la había dejado cuando disparó por primera vez aquella mañana. La recogió y la trajo de vuelta a casa.

Obviamente la conejera no había resultado tal. Pero eso nos daba igual, la queríamos y se quedaría con nosotros, de eso no había duda. 

Una calurosa tarde de verano de 2005, mientras mis padres veraneaban en las Islas Canarias, Audrey, por alguna desafortunada causa del azar, se metió en la parte de la parcela donde vivían los demás perros de la casa, los que si cazaban. Lo hacía de vez en cuando y no solía pasar nada. Pero ese día pasó. Una de las perras se lanzó a por ella sin piedad, la zarandeó, le clavó los dientes y la dejó tirada en suelo gimiendo de dolor. 
Cogí su toalla, la envolví como si fuera un arrullo y me la llevé al veterinario. 

La veterinaria, después de hacerle unas radiografías me contó lo siguiente: "tu perrita está muy malherida, tiene la pared abdominal destrozada, le han roto parte de los intestinos y además llevaba 4 cachorritos en su interior que con seguridad han muerto. Podemos operarla, la vaciaríamos por dentro y quedaría bien....son 800 euros".

Creo que en mi vida he llorado tanto. Entonces yo no tenía 800 euros, sólo tenía 24 años y un coche recién comprado con una letra mensual. Llamé a mi padre en busca de ayuda y me contó lo siguiente: "Qué penita, pobre Audrey, paga la eutanasia a la veterinaria y que deje de sufrir la pobrecilla".

Lloré aún más. Era desgarrador ver aquella carita desvalida, envuelta en la tolla. Pagué con congoja la eutanasia y retirada de cadáver a la veterinaria y me fui de allí sollozando. Aun me quedé un rato en el coche llorando como si me hubieran arrancado un brazo.

En septiembre de 2005 fui con mi novio de la época a cenar a casa de una amiga. Lo pasamos bien, la comida estaba rica y la conversación era divertida. Me reí de ella cuando le vi los calcetines rotos. Me dijo que estaban su madre y ella cuidando a una perrita a la que un veterinario había operado y ellas se encargaban de limpiar sus heridas mientras le encontraban una familia. Le hablé de Audrey y como se comía los calcetines y cómo tuve que sacrificarla y cómo lloré.

Debí ponerme de un tono azulado cuando me dijo "¿Audrey? A esta perrita le llamamos Herpurita...". Yo busqué la cara de mi novio como quien necesita una aprobación inmediata y él dijo "no es ella, no puede ser tu perra Bea, pagaste una eutanasia. Un veterinario no haría eso nunca".

A la mañana siguiente, bien temprano, me llamó mi amiga "Bea, vente a casa que es tu perra". Vivíamos muy cerca, fui de una carrera, entré en jardín y una bolita de pelo marrón vino hacia mí ladrando sin parar. Era mi pequeña Audrey. Me senté en el sofá de la casa y de un salto se subió sobre mí, con su cabecita en mi entrepierna, sin moverse, perecía que estuviera diciendo "¿dónde estabas? Llevo mucho tiempo esperándote".

Un mes después me mudé a otro pueblo, me la llevé conmigo. Vivió conmigo en aquella casa y en otra a la que me trasladé después. Vio nacer a mi hijo y morir a mi abuelo.

Una mañana de agosto de 2016 vi que caminaba despacio y respiraba con dificultad, "esta tarde la llevo al veterinario, en cuanto salga de trabajar". Cuando regresé a casa estaba en su camita, inmóvil y fría.
Ahora sí se había ido para siempre y no iba a resucitar para volver a mi lado.


domingo, 22 de septiembre de 2019

La colada



 Quedamos en que Miriam se encargaría de la comida enlatada, yo llevaría la envasada en plástico y Marta sería la encargada de comprar lo que fuésemos a consumir en el día: algo de pan, fruta y las imprescindibles cervezas. Dado el amor que las tres le teníamos a esta bebida y en un arrebato de sentirnos tan europeas como la que más, concluimos que no podíamos repetir marca. Cada ciudad de Europa, una distinta.
 Viajar en tren no es todo lo cómodo que uno pueda esperar, sobre todo si tu billete de Interail solo te permite tomar trenes regionales; nada de alta velocidad y, por supuesto, siempre en turista. Pero eso no importa cuando se tienen veinte años. Latas de albóndigas en la mochila y escasa importancia por la depilación. 
Así éramos y así viajamos.

La mejor manera de descansar era coger trenes que viajaran de noche e hicieran largos recorridos. De ese modo, un día estábamos en París y al siguiente en Múnich para después amanecer en Bruselas con billete reservado para el nocturno que iba a Viena.
 Una mañana aparecimos en Innsbruck. Es una ciudad preciosa. La capital del Tirol austriaco. Cuando paseas por sus calles te da la impresión de que las montañas se te van a caer sobre la cabeza. Entendimos en ese momento el miedo de los galos a que el cielo se les cayera encima mirando hacia arriba cuando nos bajamos del tren en la estación de Innsbruck. 
 Enseguida bajamos la mirada al mundo real y allí estaba, como una aparición, un escaparate que, al menos a nuestro juicio, brillaba por encima de los demás. Era lo que llevábamos días buscando: una lavandería.
 Con un par de euros llenamos una lavadora y de ahí sacamos la colada limpia para, con otro par de monedas, echarla en la secadora. Hacía sol, la cerveza era barata y los bancos de la lavandería eran cómodos. Un sueño hecho realidad para tres mochileras universitarias.
 Estábamos esperando a que la secadora terminara su programa cuando una banda de músicos atravesó la calle. 
 Una maravilla de orquestación de instrumentos de viento y percusión, trajes típicos con plumas en los sombreros, bigotes de inmensas dimensiones y orondas mujeres con jarras de cerveza. Creo que las tres lo pensamos, o al menos a mí se me pasó por la cabeza, pero sólo Marta lo dijo: Tías, paso de todo. Me quedo a vivir aquí. 

 Marta era así, parecía una pasota pero estaba al loro de todo lo que le rodeaba. Así que después de que a Miriam se le pasara el ataque de risa y yo le preguntara por tercera vez que de qué coño nos estaba hablando, volví a mirar a Marta y entonces lo vi. Era convicción y era seguridad.    
 La tía hablaba en serio. Giré la cabeza y vi el cartel en alemán que había colgado en la puerta de la lavandería: Manager wird benötigt (se necesita encargado).
 Le bastaron 10 minutos y la guía de “Cómo hablar alemán en 10 días” para decidir que se quedaba allí a vivir.
 El siguiente tren que cogimos nos llevó hasta Lyon, pero Marta ya no venía con nosotras.

 Cuando paso por una lavandería me acuerdo mucho de ella, sobre todo porque aparece en los carteles de la mayor franquicia de lavanderías del país. Ahí está su imagen al lado del nombre de la marca y el lema de la misma que reza: “Valora tu tiempo y aprovéchalo, de la colada nos encargamos nosotros”.

martes, 16 de julio de 2019

No place like home


Una maleta a reventar de ropa de verano, con alguna rebeca por si refresca, sandalias y zapatillas de deporte por si me animo a salir a correr. La bolsa de la playa con toalla, esterilla, crema solar y dos novelas de fácil lectura para pasar el rato bajo el sol. Las gafas de buceo con el snorkel y unas aletas para nadar más rápido. En Almería se ven un montón de animales marinos con sólo flotar en la superficie y merece la pena merodear con las gafas alrededor de las rocas. Ya está todo.

Salgo temprano por la autovía de Andalucía, aún no ha amanecido pero ya hay coches circulando, pienso si todos llevarán un equipaje como el mío, seguro que sí, somos rutinarios para todo y predecibles. Vacaciones de verano, viajar a la playa, engordar unos kilos, volver al trabajo tristes pero aliviados de recuperar la rutina. Despejo esa idea de mi mente, qué carajo, claro que se puede estar siempre de vacaciones, pero nos han convencido de que no y me empiezo a cabrear, tanto que casi me paso el desvío. Mierda, no es por aquí, viajar sola tiene estos inconvenientes, la falta de copiloto.

Buscar un cambio de sentido no está siendo fácil, ha salido el sol, me deslumbra un poco, no veo bien lo que dice ese cartel pero parece que indica una vía de servicio con gasolinera, decido entrar. Sabrán indicarme, y no me vendrá mal un café. Aparco el coche bajo un techado de uralita. La verdad es que el paisaje es desolador, una gasolinera vieja en medio de la nada con un cartel oxidado que reza “BIENVENIDOS AL PARAISO”. Sonrío inevitablemente, tremenda autoestima la de los habitantes de este lugar. Me acuerdo de Dorothy pensando en su  granja de Kansas diciendo “there´s no place like home”, ¡venga ya Dorita! ¿En serio es mejor esa granja en blanco y negro a todo el mundo de fantasía y color de Oz? Incomprensible para mí. Aún le estoy dando vueltas al tema de Oz cuando se me presenta un apuesto gasolinero, tan sucio como el que más, pero se vislumbra un físico aceptable bajo esa capa de grasa y me pregunta amablemente en qué puede ayudarme. Le indico mi problema de orientación y carreteras, sonríe y me dice que me tome algo en la cantina, que irá enseguida con un mapa para mostrarme que mi destino no tiene pérdida.

La puerta de cristal chirría y suenan las campanitas que hay colgando del techo cuando empujo la puerta hacia adentro. A continuación viene el dependiente, igual de sucio, pero igual de apuesto. Saca un mapa y me muestra el camino, parece fácil, qué torpe he estado, ese maldito sol deslumbrándome… Me pongo en marcha y en menos de diez minutos estoy en la playa. En San José, no me lo puedo creer, es como si hubiera atravesado un agujero de gusano, ¿cuánto he tardado desde el centro de la península? ¿Dos horas, tres? Bueno, mejor para mí, bendigo los vórtices espacio temporales y me sumerjo en mar.

Vacaciones de verano, sol, playa, peces, comida en el puerto…no puedo pedir más, me siento completamente en paz. Abro los ojos, parece que acaba de amanecer, hay una ventana por la que se ven unos enormes chopos en una gran avenida, sus hojas amarillentas caen al suelo mecidas por el viento. Tengo la boca seca, quiero agua, he debido decirlo en voz alta, una enfermera regordeta  y sonriente me trae un poco con una pajita, bebo. Con una voz suave y una leve caricia, me pregunta si me acuerdo del accidente. Estaba amaneciendo cuando un camión perdió el control y chocó contra mi coche. Llevo en coma dos meses.

Pregunto a los médicos si alguien me ha sacado del hospital en ese tiempo, si he estado fuera, dormida pero fuera. Se ríen, por supuesto que no. 

          Estado comatoso profundo.

Juraría que estoy bronceada, aún me sabe la boca a pescado y tengo agujetas de bucear. Si cierro los ojos aún sigo de vacaciones. Supongo que Dorothy no estaba tan equivocada.

lunes, 24 de junio de 2019

Mont Blanc


Hicimos cumbre a las 10:23 a.m. Roger dejó de respirar alrededor de las 11:14 a.m.
Solía decirme que sólo amaba dos cosas: la montaña y a mí. Yo me reía y le decía que la montaña no era una sola, que había muchas y él, con su sonrisa de marinero curtido me decía:  pegmíteme este ligego libegtinaje, mon cherie”.
Me sentí ridícula cuando comprobamos que sólo nos faltaban 35 metros para la cumbre, la ventisca del día anterior no nos había dejado continuar. Roger se empeñó en hacer el ascenso en el mes de febrero, cuando la montaña estaba más fría y más le enfadaba que perturbaran su tranquilidad invernal. Hacerlo en verano era de turistas, solía decir.
Roger era un amante de los extremos, según él la Meca había que conocerla en plena peregrinación, Sevilla en Semana Santa y Moscú en enero. Cada lugar en su pleno esplendor y en la mayor de sus crudezas.
Con su amada montaña no iba a ser menos, me dijo que nada podía hacerle más feliz que subir al Mont Blanc por la Aiguille de Bionnassay, en invierno y conmigo a su lado. Por supuesto me pareció una locura de marca mayor, pero el maldito gabacho sabía cómo convencerme, me tenía bien cogida la medida. Maldito seas Roger, maldito seas un millón de veces.
“Voy a hacer de ti una excelente alpinista, mon cherie, ya vegás. Entregnaguemos en tu queguida Siega de Gredos, hasta que subas al Almanzog con los ojos ceggados”. No podía negarle nada. Ese acento francés y esa capacidad para entusiasmar a un muerto lo hacían absolutamente irresistible. Y el Circo de Gredos. Un espectáculo de la naturaleza que llevaba toda la vida a dos horas en coche de mi casa y que tuvo que venir un maldito gabacho del sur de París a mostrarme cuánto se te puede ensanchar el alma cuando la montaña se muestra ante tus ojos. No te lo agradezco, Roger. Te odio por ello.
No fue hasta la noche antes de hacer cumbre, que no me dijo que tenía varios dedos de las manos congelados, le insistí en que bajáramos en ese preciso momento. Pero mis palabras se precipitaban en el vacío de sus carcajadas al escucharme.
-   Haguemos cumbre en el Mont Blanc y te pedigué que te cases conmigo.
-     Llevamos casados ocho años Roger, no digas tonterías y volvamos al refugio.
-    Te lo pedigué de nuevo, me casagué contigo todos los días del guesto de mi vida.

Maldito Gabacho.
Durante los 45 minutos que me quedé quieta sosteniendo su brazo inerte, el pensamiento que más se repetía en mi cabeza era el de morir allí con él. Se me acaba la vida al perder él la suya.
Lo último que me dijo fue “no imaggino megjor manera de moguir, mon Cherie…en mi Montaña y a tu lado”, el cabrón lo sabía, sabía que no volvería a bajar, que se quedaría en la cumbre para siempre.
Bajé hasta el refugio de Durier casi flotando, no pesaba nada, o al menos pesaba la mitad. 
Ahora siempre tengo frío, no consigo nunca entrar en calor, supongo que es porque la mitad de mí sigue en la cumbre del Mont Blanc, sosteniendo el brazo de mi maldito gabacho.

lunes, 3 de junio de 2019

Comerse a besos


A pesar de que ya pasaban de los cuarenta, no era su amor un amor convencional, ni tampoco muy maduro. De hecho era un amor casi adolescente, lleno de besos, de caricias y de arrumacos. Un amor que se regía por la imperiosa necesidad de estar pegados el uno al otro cuando estaban juntos.
Sólo se querían de noche y no todas las noches, por eso interpretaban estos encuentros como ese momento especial del día en el que todo lo demás se quedaba fuera y de repente la habitación se convertía en el mundo entero. Un mundo en el que sólo habitaban ellos y que tenía como fecha de caducidad el siguiente amanecer. Después, vuelta  la rutina y a la vida, que sobrellevaban de la mejor manera posible, aguardando siempre con anhelo el siguiente encuentro.
Entonces llegaba de nuevo la noche y, como si de dos imanes se tratase, se quedaban pegados, muy juntos, sin dejar de besarse ni de tocarse, les encantaba la sensación de parecer que eran uno sólo y de no saber dónde empezaba el brazo de él y acaba la pierna de ella.
- Te voy a comer, ya verás…- Le susurraba ella al oído, mordisqueándole un poco el lóbulo de la oreja.
- No si antes lo hago yo… - Respondía él sonriendo, si bien sus palabras parecían decir “cómeme cuanto quieras”.
Fue esa noche, cuando ya dormían, que ella se giró hacia él y empezó a besarle la espalda y los hombros suavemente, como si cada beso fuera la gota que cae de un grifo que no se cierra bien. Según se acercaba a los hombros y continuaba por el brazo, iba sacando la lengua y chupando despacio cada centímetro de su piel. Entonces se dio cuenta de que no podía parar de hacerlo y que, con cada beso que le daba, iba calmando una especie de hambre voraz que le surgía del estómago. Tenía la sensación de que la piel de él se deshacía en su boca con cada beso y era eso lo único que le calmaba el hambre.
Un grito seco le hizo pegar un salto de la cama. Era él. Incorporado sobre la cama y pálido como la pared la miraba asustado sin saber qué decir. Ella se quedó con la boca abierta al ver que el brazo derecho de su amante había desaparecido por completo, en su lugar, un pequeño muñón redondeado cerraba la salida de su hombro, como si nunca hubiera habido brazo allí.
Ella lo abrazó y le dijo que se calmara, que todo iría bien. Él dejó de sentirse nervioso  y le dijo:
- En realidad tengo una sensación muy rara, como si yo nunca hubiera tenido este brazo, como si siempre hubiera sido así.
Esa mañana ella no quiso desayunar, se sentía llena. Incluso le costó abrocharse el botón del pantalón al ponérselos, como si se hubiera metido un gran atracón durante toda la noche.

jueves, 9 de mayo de 2019

HOPELAND 21



La misión lo es todo, se nos encargó a esta tripulación y no a otra, y asumimos el reto, no pudimos negarnos, el planeta entero confía en nosotros. Somos su única esperanza, no lo elegimos, o quizá sí, pero no lo sabíamos. No sabíamos los riesgos reales de ir a un planeta en otra galaxia y comprobar si es posible la vida tal y como la conocemos en la Tierra. Sólo nos planteamos que seríamos los héroes de nuestro tiempo, quizá de todos los tiempos.
La Hopeland 21, una obra inmensa de la ingeniería aeroespacial nos lleva a lo desconocido, a otro mundo, en otro tiempo y en otro espacio. El planeta es apto, la alegría es inmensa, hay agua en el subsuelo. Veintitrés días en ese lugar y las semillas más básicas han brotado, de su propia tierra. Es viable, lo hemos conseguido. Somos Héroes.
El plan es volver con las muestras, analizarlas en la Tierra y después organizar el traslado. El éxodo, crear una suerte de puente aéreo a miles de años luz de nuestro hogar natal.
Se plantea la cuestión que todos estamos pensando ¿y si nos quedamos? ¿y si hacemos de este nuestro planeta? Somos una tripulación joven de hombres y mujeres, desterrados de un planeta sin futuro. Quizá este fuera uno de los planes primigenios, somos muy buenos pero no los mejores. Los mejores tienen familia, hijos, posesiones. Reparamos en eso, nadie nos espera, estamos destinados a empezar de nuevo.
Miro a la Hopeland 21 ahí apostada, con sus enormes patas un poco  hundidas en el terreno. Ella nos une con nuestro origen, nos vigila, su sombra se proyecta sobre nuestras cabezas como una suerte de conciencia que nos recuerda la importancia de la misión.
De repente alguien lo dice, y no nos escandaliza, supone un alivio en realidad. Hay que destruir la nave. No tener la más mínima posibilidad de volver a la Tierra es lo que necesitamos para comenzar una nueva vida.
¿Qué será de aquellos que se quedan? Millones de personas condenadas a la extinción, nunca sabrán que existió una alternativa. El peso de la culpa va desapareciendo poco a poco a medida que la Hopeland 21 se va reduciendo a escombros. Con ella muere todo nuestro pasado y también las decisiones tomadas en nuestro presente.
Han nacido nuevos brotes y hemos descubierto que existe vida animal. Somos los primeros pobladores de un nuevo mundo que  se nos antoja esperanzador. Nos sentimos pioneros y colonizadores. El planeta será nuestro y lo asumimos con la fortaleza y la decisión que nos otorga haber sido también exterminadores.
Nunca hablamos de ello, solo seguimos adelante.

sábado, 30 de marzo de 2019

Real Sitio



Ya está, le digo a Teresa que prepare únicamente lo imprescindible y que nos vamos a Aranjuez, con la Familia Real. Sí, es lo mejor. Y si se pone farruca que se quede en Madrid, harto estoy de su genio, siempre de morros. En cambio mi Pepita ya está preparada, qué mujer…no hay nada en ella que no me guste, si acaso eso de ponerse en paños menores para el pintamonas sordo ese, pero bueno, todo sea por inmortalizar su belleza, pero el asunto de las pinturas lo que se dice gustarme, no me gusta.
Si es que está claro que todos estos franceses no han venido para ayudarnos a conquistar Portugal, no, estos vienen para quedarse. Pero no hay modo alguno de que el memo de Fernandito y su padre se lo crean, qué chico más insoportable, qué razón tiene su madre al llamarlo “marrajo cobarde”. Otro gallo nos cantaría si Maria Luisa tomara las riendas del reino, pero está rodeada de peleles, el Rey el primero. Malditos Borbones.
No hay que demorarse más. Nadie debe enterarse de que la Familia Real se traslada, el vulgo pensará que sabíamos lo de los franceses y no les va hacer ninguna gracia, ¡que ojo, yo lo sé!, pero como esta panda de descerebrados no me hace caso… Qué Dios nos proteja.


16 de marzo de 1808.

jueves, 28 de marzo de 2019

Por la Provincia Libre de Madrid: Hacendado y Comerciante


-  ¿Sabes, Francisco? A veces creo que todos estos esfuerzos no van a servir para nada. Es como si todo el absolutismo se riera de nosotros, junto con la Iglesia y los franceses y para colmo de males está ese Borbón, al acecho, esperando  su oportunidad para caer sobre nosotros, el muy bandido, es un zorro traidor.
- Bueno Teodoro, no te pongas catastrofista, no ahora. Llevamos desde agosto debatiendo y mientras tanto esos franceses lanzando sus malditos artefactos sobre nuestras cabezas y, por si fuera poco, la mitad de nuestros combatientes amarillos de enfermedad. No pongas más zancadillas a nuestro propósito, cenizo.
- ¿Y qué me dices de  esta tierra? El calor es soporífero, y la humedad que nos rodea casi es asfixiante. A todos los diputados nos brilla el rostro por esta sudoración incesante. Es como si la capa de sudor hubiera atrapado nuestros cuerpos y nuestras mentes, en una suerte de embalsamamiento que nos impide avanzar en nuestro propósito.
- ¡Calla! Que viene por detrás Montero el clérigo, deseando está de oírnos decir cosas así para excomulgarnos; sabe que a muchos no nos gusta esto del estado confesional católico. ¡Otro Lastre, Teodoro!
- ¿Pero qué dices, Ramón? No podemos desvincularnos de la Santa Iglesia Católica, tú mejor que nadie lo sabes, que eres comerciante.
- Buenos reales me hacen ganar estos curatos, les gusta el buen yantar. Pero con el tema de las tierras son duros, se hacen con la propiedad de la península, ya verás; porque en las Américas ni saben lo que tienen…
- El caso es que estamos en una ciudad asediada gestando una Constitución asediada. Y no dudes, Ramón, de que esto es lo que quieren: que nos desmoralicemos, que cejemos en nuestro empeño de liberar España del yugo absolutista, que el pueblo sea soberano. Saldremos adelante, sí, con enfermedad, sudor y lágrimas, pero ¡la constitución liberal será una realidad!
- Y no estaría mal que las Cortes vuelvan a Madrid; esta bahía, por mucho puerto que tenga, no es sitio para gobernar.
- Razón tienes, Ramón. No obstante hay que promulgarla antes del Viernes Santo, no podemos demorarnos más.
- Tranquilo, Teodoro, con suerte para San José, que es una semana antes, estamos disfrutando de nuestra monarquía constitucional. Venga, que ya hemos llegado.
- Pasa tu primero, Ramón, yo te sigo por detrás, no quiero que me vean el gesto los demás diputados. Aún no me acostumbro a debatir nuestra soberanía en un corral de comedias, parece una farsa. Se ríen de nosotros.

jueves, 3 de enero de 2019

Desenmascarando a los Reyes Magos


Una de las infancias más felices que se haya podido tener ha sido la mía. Saltar en los charcos, montar en bicicleta, bañarnos en ríos, cazar alimañas y por supuesto, jugar con muñecas. En este último particular toman una gran importancia, por supuesto,  las Navidades. Es la época por excelencia del disfrute del juego y el juguete.
Insisto en el hecho de que mi infancia fue de las más felices, porque además de contar con innumerables aventuras al aire libre con amigos, conté con cientos de juguetes. Ahora está muy de moda criticar el consumismo y hacer valer por encima de cualquier cosa opiniones del tipo “es mejor desarrollar la personalidad del niño o niña potenciando factores emocionales que suplir esas carencias con bienes materiales como los juguetes”, pues muy bien, pero vamos, amanecer el día seis de enero y encontrarte una caja enorme envuelta en papel dorado, despedazarlo con las uñas y que aparezca la súper muñeca Roly Patinadora en su interior, no hay potenciador emocional que lo supere.
Era yo una niña bastante buena, obediente y educada, pero no más que otras niñas o niños del barrio y me mosqueaba sobremanera el hecho de que los Reyes Magos pasaran por mi casa y por las de todos mis familiares dejando regalos para mí en todos los inmuebles. De hecho recibía un gran número de juguetes que ni si quiera había mencionado en la carta a Sus Majestades. Empecé a sospechar que el servicio de Correos Real y el de traductores de Oriente no funcionaban bien. Alguien estaba metiendo la pata con la interpretación de las cartas y  el reparto de los regalos. El asunto olía a carbón sin duda.
En casa de los Carrasquilla eran cuatro hermanos y cada uno recibía un solo regalo el día de Reyes; yo, sin embargo, era hija única, nieta única en dos familias y sobrina única de 4 tíos solteros y recibía montones de regalos sólo para mí. Tal desajuste en cantidad de presentes me hizo sospechar y enseguida supe que tenía una misión: desenmascarar a los Reyes Magos.
En las navidades de 1985 decidí que me iba a enterar de lo que estaba pasando y sacaría la luz la verdad sobre el superávit de regalos en unas casas y la escasez en otras. Me puse manos a la obra y decidí comenzar mi investigación utilizando el método deductivo, para ello lo primero que tenía que hacer era observar. Me fui con mi bocadillo de Pralín a casa de Luis Carrasquilla, el menor de los 4 hermanos y con el que me llevaba tan solo un par de meses. Yo ya había cumplido los cinco años, él lo haría en febrero. Nacer en distinto año me confería una madurez mucho mayor que la suya, por supuesto. Subí los dos pisos que separaban nuestros domicilios  leyendo todos los rótulos que veía a mi paso: “Teléfonos”, “Primer piso”, “Segundo Piso”. “D”, entré. Sabía leer muy bien y devoraba por entonces cada letra que aparecía a mi paso.
Sentados en la alfombra comencé mi observación. Devorábamos nuestros bocadillos mientras visionábamos David el Gnomo cuando la publicidad interrumpió la emisión, entonces comenzaron a sucederse un sin fin de anuncios de juegos, juguetes y también de perfumes y electrodomésticos; estos dos últimos supongo que para intentar despistarme; pero una niña de cinco años hasta la médula de azúcar no es tan fácil de distraer.  Luis miró con los ojos como platos la televisión Telefunken cuando apareció navegando El Barco Pirata de Playmobil y exclamó “¡me lo pido!”. Fue lo único que se pidió, yo debí repetir la frase en 8 de cada 9 anuncios de juguetes y él tan sólo  lo dijo una vez.
-                     ¿Sólo te pides El Barco Pirata? – Pregunté extrañada.
-                     Los Reyes sólo nos traen un regalo y tengo que elegir bien, El Barco Pirata es lo que más quiero.
Fruncí el ceño. Su madre entró al salón y dijo:
-                     Es un gran regalo, los Reyes no pueden traer tantas cosas para un solo niño…
En ese momento lo supe, las premisas me estaban conduciendo a la conclusión. La madre estaba en el ajo, a partir de ese momento comenzó a ser Vicenta ,“la filtradora de regalos”.
El resto de la tarde la pasé nerviosa, alterada, ilusionada. Era cinco de enero, ya habrían salido, siguiendo la estrella, subidos en sus dromedarios, aunque la gente se empeñaba en decir que eran camellos. Cómo me crispaba eso.
A la mañana siguiente desperté. No se oía nada, tan solo el sonido del roce entre mi pijama y las sábanas. Me zafé de ellas y salté de la cama. Despacio, con sigilo detectivesco atravesé el pasillo y llegué al salón. Allí estaban apilados, envueltos en papel de regalo brillante, algunos con lazo y otros no. Pero todos aquellos regalos tenían algo en común. Todos tenían rótulos. “El Corte Inglés”, “Galerías Preciados” y “Juguetes Moro”. Yo sabía leer y también sabía que los Reyes Magos no podían ir de compras, no era su estilo. Llegué a la conclusión de que ellos no eran los encargados de los regalos, no eran ni los encargados de sí mismos. Simplemente, no eran.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...