Hicimos cumbre a las 10:23 a.m.
Roger dejó de respirar alrededor de las 11:14 a.m.
Solía decirme que sólo amaba dos
cosas: la montaña y a mí. Yo me reía y le decía que la montaña no era una sola,
que había muchas y él, con su sonrisa de marinero curtido me decía: “pegmíteme
este ligego libegtinaje, mon cherie”.
Me sentí ridícula cuando
comprobamos que sólo nos faltaban 35 metros para la cumbre, la ventisca del día
anterior no nos había dejado continuar. Roger se empeñó en hacer el ascenso en
el mes de febrero, cuando la montaña estaba más fría y más le enfadaba que perturbaran
su tranquilidad invernal. Hacerlo en verano era de turistas, solía decir.
Roger era un amante de los extremos,
según él la Meca había que conocerla en plena peregrinación, Sevilla en Semana
Santa y Moscú en enero. Cada lugar en su pleno esplendor y en la mayor de sus crudezas.
Con su amada montaña no iba a ser
menos, me dijo que nada podía hacerle más feliz que subir al Mont Blanc por la Aiguille
de Bionnassay, en invierno y conmigo a su lado. Por supuesto me pareció una
locura de marca mayor, pero el maldito gabacho sabía cómo convencerme, me tenía
bien cogida la medida. Maldito seas Roger, maldito seas un millón de veces.
“Voy a hacer de ti una excelente alpinista, mon cherie, ya vegás.
Entregnaguemos en tu queguida Siega de Gredos, hasta que subas al Almanzog con
los ojos ceggados”. No podía negarle nada. Ese acento francés y esa
capacidad para entusiasmar a un muerto lo hacían absolutamente irresistible. Y
el Circo de Gredos. Un espectáculo de la naturaleza que llevaba toda la vida a dos
horas en coche de mi casa y que tuvo que venir un maldito gabacho del sur de
París a mostrarme cuánto se te puede ensanchar el alma cuando la montaña se
muestra ante tus ojos. No te lo agradezco, Roger. Te odio por ello.
No fue hasta la noche antes de
hacer cumbre, que no me dijo que tenía varios dedos de las manos congelados, le
insistí en que bajáramos en ese preciso momento. Pero mis palabras se
precipitaban en el vacío de sus carcajadas al escucharme.
- Haguemos cumbre en el Mont Blanc y te pedigué
que te cases conmigo.
- Llevamos casados ocho años Roger, no digas
tonterías y volvamos al refugio.
- Te lo pedigué de nuevo, me casagué contigo todos
los días del guesto de mi vida.
Maldito Gabacho.
Durante los 45 minutos que me
quedé quieta sosteniendo su brazo inerte, el pensamiento que más se repetía en
mi cabeza era el de morir allí con él. Se me acaba la vida al perder él la
suya.
Lo último que me dijo fue “no
imaggino megjor manera de moguir, mon Cherie…en mi Montaña y a tu lado”, el
cabrón lo sabía, sabía que no volvería a bajar, que se quedaría en la cumbre
para siempre.
Bajé hasta el refugio de Durier
casi flotando, no pesaba nada, o al menos pesaba la mitad.
Ahora siempre tengo
frío, no consigo nunca entrar en calor, supongo que es porque la mitad de mí
sigue en la cumbre del Mont Blanc, sosteniendo el brazo de mi maldito gabacho.