lunes, 24 de junio de 2019

Mont Blanc


Hicimos cumbre a las 10:23 a.m. Roger dejó de respirar alrededor de las 11:14 a.m.
Solía decirme que sólo amaba dos cosas: la montaña y a mí. Yo me reía y le decía que la montaña no era una sola, que había muchas y él, con su sonrisa de marinero curtido me decía:  pegmíteme este ligego libegtinaje, mon cherie”.
Me sentí ridícula cuando comprobamos que sólo nos faltaban 35 metros para la cumbre, la ventisca del día anterior no nos había dejado continuar. Roger se empeñó en hacer el ascenso en el mes de febrero, cuando la montaña estaba más fría y más le enfadaba que perturbaran su tranquilidad invernal. Hacerlo en verano era de turistas, solía decir.
Roger era un amante de los extremos, según él la Meca había que conocerla en plena peregrinación, Sevilla en Semana Santa y Moscú en enero. Cada lugar en su pleno esplendor y en la mayor de sus crudezas.
Con su amada montaña no iba a ser menos, me dijo que nada podía hacerle más feliz que subir al Mont Blanc por la Aiguille de Bionnassay, en invierno y conmigo a su lado. Por supuesto me pareció una locura de marca mayor, pero el maldito gabacho sabía cómo convencerme, me tenía bien cogida la medida. Maldito seas Roger, maldito seas un millón de veces.
“Voy a hacer de ti una excelente alpinista, mon cherie, ya vegás. Entregnaguemos en tu queguida Siega de Gredos, hasta que subas al Almanzog con los ojos ceggados”. No podía negarle nada. Ese acento francés y esa capacidad para entusiasmar a un muerto lo hacían absolutamente irresistible. Y el Circo de Gredos. Un espectáculo de la naturaleza que llevaba toda la vida a dos horas en coche de mi casa y que tuvo que venir un maldito gabacho del sur de París a mostrarme cuánto se te puede ensanchar el alma cuando la montaña se muestra ante tus ojos. No te lo agradezco, Roger. Te odio por ello.
No fue hasta la noche antes de hacer cumbre, que no me dijo que tenía varios dedos de las manos congelados, le insistí en que bajáramos en ese preciso momento. Pero mis palabras se precipitaban en el vacío de sus carcajadas al escucharme.
-   Haguemos cumbre en el Mont Blanc y te pedigué que te cases conmigo.
-     Llevamos casados ocho años Roger, no digas tonterías y volvamos al refugio.
-    Te lo pedigué de nuevo, me casagué contigo todos los días del guesto de mi vida.

Maldito Gabacho.
Durante los 45 minutos que me quedé quieta sosteniendo su brazo inerte, el pensamiento que más se repetía en mi cabeza era el de morir allí con él. Se me acaba la vida al perder él la suya.
Lo último que me dijo fue “no imaggino megjor manera de moguir, mon Cherie…en mi Montaña y a tu lado”, el cabrón lo sabía, sabía que no volvería a bajar, que se quedaría en la cumbre para siempre.
Bajé hasta el refugio de Durier casi flotando, no pesaba nada, o al menos pesaba la mitad. 
Ahora siempre tengo frío, no consigo nunca entrar en calor, supongo que es porque la mitad de mí sigue en la cumbre del Mont Blanc, sosteniendo el brazo de mi maldito gabacho.

lunes, 3 de junio de 2019

Comerse a besos


A pesar de que ya pasaban de los cuarenta, no era su amor un amor convencional, ni tampoco muy maduro. De hecho era un amor casi adolescente, lleno de besos, de caricias y de arrumacos. Un amor que se regía por la imperiosa necesidad de estar pegados el uno al otro cuando estaban juntos.
Sólo se querían de noche y no todas las noches, por eso interpretaban estos encuentros como ese momento especial del día en el que todo lo demás se quedaba fuera y de repente la habitación se convertía en el mundo entero. Un mundo en el que sólo habitaban ellos y que tenía como fecha de caducidad el siguiente amanecer. Después, vuelta  la rutina y a la vida, que sobrellevaban de la mejor manera posible, aguardando siempre con anhelo el siguiente encuentro.
Entonces llegaba de nuevo la noche y, como si de dos imanes se tratase, se quedaban pegados, muy juntos, sin dejar de besarse ni de tocarse, les encantaba la sensación de parecer que eran uno sólo y de no saber dónde empezaba el brazo de él y acaba la pierna de ella.
- Te voy a comer, ya verás…- Le susurraba ella al oído, mordisqueándole un poco el lóbulo de la oreja.
- No si antes lo hago yo… - Respondía él sonriendo, si bien sus palabras parecían decir “cómeme cuanto quieras”.
Fue esa noche, cuando ya dormían, que ella se giró hacia él y empezó a besarle la espalda y los hombros suavemente, como si cada beso fuera la gota que cae de un grifo que no se cierra bien. Según se acercaba a los hombros y continuaba por el brazo, iba sacando la lengua y chupando despacio cada centímetro de su piel. Entonces se dio cuenta de que no podía parar de hacerlo y que, con cada beso que le daba, iba calmando una especie de hambre voraz que le surgía del estómago. Tenía la sensación de que la piel de él se deshacía en su boca con cada beso y era eso lo único que le calmaba el hambre.
Un grito seco le hizo pegar un salto de la cama. Era él. Incorporado sobre la cama y pálido como la pared la miraba asustado sin saber qué decir. Ella se quedó con la boca abierta al ver que el brazo derecho de su amante había desaparecido por completo, en su lugar, un pequeño muñón redondeado cerraba la salida de su hombro, como si nunca hubiera habido brazo allí.
Ella lo abrazó y le dijo que se calmara, que todo iría bien. Él dejó de sentirse nervioso  y le dijo:
- En realidad tengo una sensación muy rara, como si yo nunca hubiera tenido este brazo, como si siempre hubiera sido así.
Esa mañana ella no quiso desayunar, se sentía llena. Incluso le costó abrocharse el botón del pantalón al ponérselos, como si se hubiera metido un gran atracón durante toda la noche.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...