martes, 7 de enero de 2020

La Gran Familia


Otra vez “La Gran Familia” en la tele, la voz de Pepe Isbert desgañitándose por la plaza mayor buscando a ese niño criado con leche en polvo y queso americano hacía que Basilio casi perdiera los nervios. Pero respiraba tres veces, se calmaba y retomaba el hilo de la historia que le estaba contando su suegro. Esa historia sobre cómo había participado en concurso de arar la tierra y el arado se rompió y con un brazo tiraba del arado y con otro araba el campo como si su brazo fuera un diente más de la herramienta, una historia increíble sin duda, pero las tres primeras veces. Esta sería la veinteava vez que la escuchaba, delante de las mismas caras, repetida palabra por palabra.
Basilio no podía soportarlo más. Odiaba la Navidad.
Todos los años lo mismo, y el anuncio del turrón, y las luces, y los cuartos, ¡maldita sea! De sobra sabía cómo funcionaba el maldito reloj de la Plaza Mayor, ese y todos los malditos relojes del mundo.
Y sus hijos. Pidiendo, exigiendo regalos, cosas, mandando. Basilio siempre se lamentaba de haber ido a por el segundo, por hacerlo vinieron dos. Las Navidades eran un desfalco.
Esos días la paz de su hogar sufría una perturbación que Basilio detestaba. Con lo a gusto que estaba él el resto del año, con Teresa, los dos solitos. Y no en Navidad, que ni su Teresa era Teresa. Su dulce señora de transformaba en una especie de Hidra histérica, cocinando, recogiendo, ordenando, decorando, no paraba, no escuchaba, no hablaba.
Basilio odiaba hasta la bandeja del turrón y los polvorones, con ese mantelito con encaje de bolillo que hizo la Tía Margarita, la de Bolaños de Calatrava, que era una artista en el encaje de Bolillos, que sí, la que vino a nuestra boda con un sombrero con plumas. Otra vez Margarita, que se había muerto hacía veinte años y seguía allí metida en su casa todas las Navidades en forma de mantelito con encaje de bolillos.
La Navidad que su suegro ya no estaba para contar lo del arado sintió cierto alivio, no se alegraba de su muerte, pero un atisbo de tranquilidad asomaba en Nochebuena.
Cuando la mayor dejó de venir en Nochevieja porque se iba de casa rural, sintió cómo un peso se le quitaba de encima al no tener que ver el ridículo desfile de modelos que todos los años hacía la niña antes de irse al cotillón. Ridículamente pintada como una puerta.
Un año, para Navidad, Teresa no sacó la bandeja del turrón, porque los dos tenían el azúcar alto y era mejor no tener la tentación cerca. Con la bandeja fuera de juego, también la tía Margarita desaparecía.
Años más tarde ya no venía nadie a cenar en Nochebuena y Teresa y él se acostaban antes de las doce el treinta y uno de diciembre.
Un día Basilio lo supo, se había librado de la Navidad. Su vida no se veía alterada por esas dos semanas de caos y luz. Fue entonces cuando un veinticinco de diciembre,  encendió la televisión después de comer, por si por casualidad retransmitían “La Gran Familia”.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Barco de juncos



Todos los fines de semana había muerto un niño en el río Pusa.

Con esa premisa iniciaba mi abuela nuestra visita al pueblo; intentaba disuadirnos de que fuésemos al río y que corriésemos algún peligro.

Era inútil.

Las bicicletas parecían volar hasta coger el camino que nos llevaba al “puente de los tubos”, que no era ningún puente, sino dos tubos de hormigón, seguramente bien cargado de amianto, que cruzaban por encima del cauce del río Pusa provenientes del canal de riego principal, el que abastecía los huertos y las cosechas de regadío.

Justo ahí el río hacía un remanso y una pequeña poza se convertía en nuestra piscina particular. Niños y niñas de entre ocho y dieciséis años disfrutábamos toda la tarde chapoteando, tirando piedras y cazando renacuajos.

A veces venían los padres.

Normalmente nos fastidiaba al principio, pero luego se nos pasaba porque nos dejaban a nuestro aire y además traían comida, un extra que sabíamos agradecer de la mejor manera que sabíamos, devorándolo todo.

El padre de Sergio hacía unas canoas geniales con los juncos que nacían en la ribera. Le costaba un rato hacerlo. Cortaba los juncos necesarios y luego los iba enlazando hasta que se convertían en una embarcación casi perfecta. Nos pasábamos la tarde pidiendo a nuestro astillero favorito que nos construyera navíos y él nos decía: “¡a callar niños! Hoy os hago dos y los compartís... menudas tardes me dais...”

Quince años en la Brigada General de Estupefacientes hacen que te olvides del mundo natural en general si exceptúas las plantaciones de marihuana, claro; pero suele crecer en garajes, naves o locales escondidos. Bajo luz artificial.

Decidí que ya era hora de pasar unos días en el pueblo; incluso de coger la bicicleta y bajar al puente de los tubos. Hacía al menos diez años que no iba por allí. Es bueno reconciliarse con el mundo de vez en cuando, y si se hace volviendo a donde uno fue feliz tanto mejor.

Hacía un buen día, se agradecía ir en bici. Este clima que ni frio ni calor me gusta. No hace calor para bañarse ni frío para abrigarse, creo que es como lo recordaba. Al menos los campos de cultivo lo eran. Se extendían por la llanura hasta que comenzaba el territorio de las encinas y ahí, empezaba el monte. Seguía igual, quizá más cultivo y menos encina. No estoy seguro.

Llegué a los tubos.

No pude acceder. Dos coches de la Guardia Civil custodiaban el camino. Saqué mi placa -beneficios de pertenecer al Cuerpo- y me adentré en la zona.

- ¿Qué ha pasado agente?- El guardia, con semblante serio, me miró y dirigió su mentón hacia los tubos.
 - Un chaval, catorce  años. Se suben a los tubos para intentar hacer acrobacias modernas de esas...parkur o no sé qué lo llaman. No calculó y se cayó. Estamos esperando al juez, pero vamos, ya lo ve usted...
- Aquí había una poza grande, el río venía bien cargado en esta época del año...-me extrañé.
- Dios mío, ¿Hace cuánto que no viene por aquí? Llevo ocho años destinado en esta comarca y esto siempre ha sido el mismo colector de basura y verdín que ve ahora mismo. No alcanzo a imaginar que algún día aquí hubiera habido una poza, y mucho menos de agua limpia.

Al menos me había tirado doscientas catorce veces desde ese puente al agua. Ya no había agua, sólo basura y mal olor. Ya no era un río navegable para los barcos de juncos.

Ese día sí murió un niño en el Pusa.

martes, 8 de octubre de 2019

Agujeros en los calcetines

En mi casa siempre ha habido perros, mi padre es cazador por lo tanto dos o tres lebreles hemos tenido siempre. No entraban en casa ni se subían en el sofá, pero nunca les faltó nuestra atención y nuestro cariño y ellos siempre nos devolvieron todo el afecto del que son capaces y la mayor lealtad posible.
Es cierto que existía alrededor de la afición a la caza de mi padre cierto tráfico perruno y a veces unos perros se iban y otros llegaban, pero siempre nos gustaba contar con la compañía de los canes.
En una de estas ocasiones de mercadeo de animales le regalaron a mi padre, en el invierno del 2001, una cachorrita diminuta. Uno de sus alumnos se la llevó a clase metida en el bolsillo de su abrigo, asegurando que la cachorrita en cuestión, que no tenía ni raza ni padre conocidos, sería en cuanto creciera un poco una magnifica conejera; alegrando las mañanas de caza de mi padre con lances imposibles y capturas in extremis de conejos que, pensando que ya encontraban refugio en su madriguera, se encontraban acorralados por la fiel compañera de caza de mi padre. 

La perrita era bastante poco agraciada, una perra pequeña y fea, pero era tan graciosa y adorable al mismo tiempo que decidí llamarla Audrey, porque para mí era el animal más bonito del mundo. Dada su corta edad  y su evidente fragilidad, la tuvimos en casa unos meses. Dormía con mi hermano, se comía nuestros calcetines y nos mordisqueaba los dedos de los pies cuando no nos dábamos cuenta, era una delicia caótica que nos hacía reír y enfadar a partes iguales.

Habían pasado unos meses y por fin Audrey tenía edad para salir al campo. Mi padre la echó en el coche con el resto de perros y se marcharon al monte. Nos contó que al primer disparo que oyó, la pequeña Audrey (que no pesaba más de dos kilos y no levantaba un palmo del suelo) se agazapó junto a una piedra y no se movió. Tan asustada se quedó del estruendo, que se mantuvo en esa posición hasta que llegó la hora de comer. Mi padre la encontró en el mismo punto donde la había dejado cuando disparó por primera vez aquella mañana. La recogió y la trajo de vuelta a casa.

Obviamente la conejera no había resultado tal. Pero eso nos daba igual, la queríamos y se quedaría con nosotros, de eso no había duda. 

Una calurosa tarde de verano de 2005, mientras mis padres veraneaban en las Islas Canarias, Audrey, por alguna desafortunada causa del azar, se metió en la parte de la parcela donde vivían los demás perros de la casa, los que si cazaban. Lo hacía de vez en cuando y no solía pasar nada. Pero ese día pasó. Una de las perras se lanzó a por ella sin piedad, la zarandeó, le clavó los dientes y la dejó tirada en suelo gimiendo de dolor. 
Cogí su toalla, la envolví como si fuera un arrullo y me la llevé al veterinario. 

La veterinaria, después de hacerle unas radiografías me contó lo siguiente: "tu perrita está muy malherida, tiene la pared abdominal destrozada, le han roto parte de los intestinos y además llevaba 4 cachorritos en su interior que con seguridad han muerto. Podemos operarla, la vaciaríamos por dentro y quedaría bien....son 800 euros".

Creo que en mi vida he llorado tanto. Entonces yo no tenía 800 euros, sólo tenía 24 años y un coche recién comprado con una letra mensual. Llamé a mi padre en busca de ayuda y me contó lo siguiente: "Qué penita, pobre Audrey, paga la eutanasia a la veterinaria y que deje de sufrir la pobrecilla".

Lloré aún más. Era desgarrador ver aquella carita desvalida, envuelta en la tolla. Pagué con congoja la eutanasia y retirada de cadáver a la veterinaria y me fui de allí sollozando. Aun me quedé un rato en el coche llorando como si me hubieran arrancado un brazo.

En septiembre de 2005 fui con mi novio de la época a cenar a casa de una amiga. Lo pasamos bien, la comida estaba rica y la conversación era divertida. Me reí de ella cuando le vi los calcetines rotos. Me dijo que estaban su madre y ella cuidando a una perrita a la que un veterinario había operado y ellas se encargaban de limpiar sus heridas mientras le encontraban una familia. Le hablé de Audrey y como se comía los calcetines y cómo tuve que sacrificarla y cómo lloré.

Debí ponerme de un tono azulado cuando me dijo "¿Audrey? A esta perrita le llamamos Herpurita...". Yo busqué la cara de mi novio como quien necesita una aprobación inmediata y él dijo "no es ella, no puede ser tu perra Bea, pagaste una eutanasia. Un veterinario no haría eso nunca".

A la mañana siguiente, bien temprano, me llamó mi amiga "Bea, vente a casa que es tu perra". Vivíamos muy cerca, fui de una carrera, entré en jardín y una bolita de pelo marrón vino hacia mí ladrando sin parar. Era mi pequeña Audrey. Me senté en el sofá de la casa y de un salto se subió sobre mí, con su cabecita en mi entrepierna, sin moverse, perecía que estuviera diciendo "¿dónde estabas? Llevo mucho tiempo esperándote".

Un mes después me mudé a otro pueblo, me la llevé conmigo. Vivió conmigo en aquella casa y en otra a la que me trasladé después. Vio nacer a mi hijo y morir a mi abuelo.

Una mañana de agosto de 2016 vi que caminaba despacio y respiraba con dificultad, "esta tarde la llevo al veterinario, en cuanto salga de trabajar". Cuando regresé a casa estaba en su camita, inmóvil y fría.
Ahora sí se había ido para siempre y no iba a resucitar para volver a mi lado.


Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...