domingo, 22 de septiembre de 2019

La colada



 Quedamos en que Miriam se encargaría de la comida enlatada, yo llevaría la envasada en plástico y Marta sería la encargada de comprar lo que fuésemos a consumir en el día: algo de pan, fruta y las imprescindibles cervezas. Dado el amor que las tres le teníamos a esta bebida y en un arrebato de sentirnos tan europeas como la que más, concluimos que no podíamos repetir marca. Cada ciudad de Europa, una distinta.
 Viajar en tren no es todo lo cómodo que uno pueda esperar, sobre todo si tu billete de Interail solo te permite tomar trenes regionales; nada de alta velocidad y, por supuesto, siempre en turista. Pero eso no importa cuando se tienen veinte años. Latas de albóndigas en la mochila y escasa importancia por la depilación. 
Así éramos y así viajamos.

La mejor manera de descansar era coger trenes que viajaran de noche e hicieran largos recorridos. De ese modo, un día estábamos en París y al siguiente en Múnich para después amanecer en Bruselas con billete reservado para el nocturno que iba a Viena.
 Una mañana aparecimos en Innsbruck. Es una ciudad preciosa. La capital del Tirol austriaco. Cuando paseas por sus calles te da la impresión de que las montañas se te van a caer sobre la cabeza. Entendimos en ese momento el miedo de los galos a que el cielo se les cayera encima mirando hacia arriba cuando nos bajamos del tren en la estación de Innsbruck. 
 Enseguida bajamos la mirada al mundo real y allí estaba, como una aparición, un escaparate que, al menos a nuestro juicio, brillaba por encima de los demás. Era lo que llevábamos días buscando: una lavandería.
 Con un par de euros llenamos una lavadora y de ahí sacamos la colada limpia para, con otro par de monedas, echarla en la secadora. Hacía sol, la cerveza era barata y los bancos de la lavandería eran cómodos. Un sueño hecho realidad para tres mochileras universitarias.
 Estábamos esperando a que la secadora terminara su programa cuando una banda de músicos atravesó la calle. 
 Una maravilla de orquestación de instrumentos de viento y percusión, trajes típicos con plumas en los sombreros, bigotes de inmensas dimensiones y orondas mujeres con jarras de cerveza. Creo que las tres lo pensamos, o al menos a mí se me pasó por la cabeza, pero sólo Marta lo dijo: Tías, paso de todo. Me quedo a vivir aquí. 

 Marta era así, parecía una pasota pero estaba al loro de todo lo que le rodeaba. Así que después de que a Miriam se le pasara el ataque de risa y yo le preguntara por tercera vez que de qué coño nos estaba hablando, volví a mirar a Marta y entonces lo vi. Era convicción y era seguridad.    
 La tía hablaba en serio. Giré la cabeza y vi el cartel en alemán que había colgado en la puerta de la lavandería: Manager wird benötigt (se necesita encargado).
 Le bastaron 10 minutos y la guía de “Cómo hablar alemán en 10 días” para decidir que se quedaba allí a vivir.
 El siguiente tren que cogimos nos llevó hasta Lyon, pero Marta ya no venía con nosotras.

 Cuando paso por una lavandería me acuerdo mucho de ella, sobre todo porque aparece en los carteles de la mayor franquicia de lavanderías del país. Ahí está su imagen al lado del nombre de la marca y el lema de la misma que reza: “Valora tu tiempo y aprovéchalo, de la colada nos encargamos nosotros”.

martes, 16 de julio de 2019

No place like home


Una maleta a reventar de ropa de verano, con alguna rebeca por si refresca, sandalias y zapatillas de deporte por si me animo a salir a correr. La bolsa de la playa con toalla, esterilla, crema solar y dos novelas de fácil lectura para pasar el rato bajo el sol. Las gafas de buceo con el snorkel y unas aletas para nadar más rápido. En Almería se ven un montón de animales marinos con sólo flotar en la superficie y merece la pena merodear con las gafas alrededor de las rocas. Ya está todo.

Salgo temprano por la autovía de Andalucía, aún no ha amanecido pero ya hay coches circulando, pienso si todos llevarán un equipaje como el mío, seguro que sí, somos rutinarios para todo y predecibles. Vacaciones de verano, viajar a la playa, engordar unos kilos, volver al trabajo tristes pero aliviados de recuperar la rutina. Despejo esa idea de mi mente, qué carajo, claro que se puede estar siempre de vacaciones, pero nos han convencido de que no y me empiezo a cabrear, tanto que casi me paso el desvío. Mierda, no es por aquí, viajar sola tiene estos inconvenientes, la falta de copiloto.

Buscar un cambio de sentido no está siendo fácil, ha salido el sol, me deslumbra un poco, no veo bien lo que dice ese cartel pero parece que indica una vía de servicio con gasolinera, decido entrar. Sabrán indicarme, y no me vendrá mal un café. Aparco el coche bajo un techado de uralita. La verdad es que el paisaje es desolador, una gasolinera vieja en medio de la nada con un cartel oxidado que reza “BIENVENIDOS AL PARAISO”. Sonrío inevitablemente, tremenda autoestima la de los habitantes de este lugar. Me acuerdo de Dorothy pensando en su  granja de Kansas diciendo “there´s no place like home”, ¡venga ya Dorita! ¿En serio es mejor esa granja en blanco y negro a todo el mundo de fantasía y color de Oz? Incomprensible para mí. Aún le estoy dando vueltas al tema de Oz cuando se me presenta un apuesto gasolinero, tan sucio como el que más, pero se vislumbra un físico aceptable bajo esa capa de grasa y me pregunta amablemente en qué puede ayudarme. Le indico mi problema de orientación y carreteras, sonríe y me dice que me tome algo en la cantina, que irá enseguida con un mapa para mostrarme que mi destino no tiene pérdida.

La puerta de cristal chirría y suenan las campanitas que hay colgando del techo cuando empujo la puerta hacia adentro. A continuación viene el dependiente, igual de sucio, pero igual de apuesto. Saca un mapa y me muestra el camino, parece fácil, qué torpe he estado, ese maldito sol deslumbrándome… Me pongo en marcha y en menos de diez minutos estoy en la playa. En San José, no me lo puedo creer, es como si hubiera atravesado un agujero de gusano, ¿cuánto he tardado desde el centro de la península? ¿Dos horas, tres? Bueno, mejor para mí, bendigo los vórtices espacio temporales y me sumerjo en mar.

Vacaciones de verano, sol, playa, peces, comida en el puerto…no puedo pedir más, me siento completamente en paz. Abro los ojos, parece que acaba de amanecer, hay una ventana por la que se ven unos enormes chopos en una gran avenida, sus hojas amarillentas caen al suelo mecidas por el viento. Tengo la boca seca, quiero agua, he debido decirlo en voz alta, una enfermera regordeta  y sonriente me trae un poco con una pajita, bebo. Con una voz suave y una leve caricia, me pregunta si me acuerdo del accidente. Estaba amaneciendo cuando un camión perdió el control y chocó contra mi coche. Llevo en coma dos meses.

Pregunto a los médicos si alguien me ha sacado del hospital en ese tiempo, si he estado fuera, dormida pero fuera. Se ríen, por supuesto que no. 

          Estado comatoso profundo.

Juraría que estoy bronceada, aún me sabe la boca a pescado y tengo agujetas de bucear. Si cierro los ojos aún sigo de vacaciones. Supongo que Dorothy no estaba tan equivocada.

lunes, 24 de junio de 2019

Mont Blanc


Hicimos cumbre a las 10:23 a.m. Roger dejó de respirar alrededor de las 11:14 a.m.
Solía decirme que sólo amaba dos cosas: la montaña y a mí. Yo me reía y le decía que la montaña no era una sola, que había muchas y él, con su sonrisa de marinero curtido me decía:  pegmíteme este ligego libegtinaje, mon cherie”.
Me sentí ridícula cuando comprobamos que sólo nos faltaban 35 metros para la cumbre, la ventisca del día anterior no nos había dejado continuar. Roger se empeñó en hacer el ascenso en el mes de febrero, cuando la montaña estaba más fría y más le enfadaba que perturbaran su tranquilidad invernal. Hacerlo en verano era de turistas, solía decir.
Roger era un amante de los extremos, según él la Meca había que conocerla en plena peregrinación, Sevilla en Semana Santa y Moscú en enero. Cada lugar en su pleno esplendor y en la mayor de sus crudezas.
Con su amada montaña no iba a ser menos, me dijo que nada podía hacerle más feliz que subir al Mont Blanc por la Aiguille de Bionnassay, en invierno y conmigo a su lado. Por supuesto me pareció una locura de marca mayor, pero el maldito gabacho sabía cómo convencerme, me tenía bien cogida la medida. Maldito seas Roger, maldito seas un millón de veces.
“Voy a hacer de ti una excelente alpinista, mon cherie, ya vegás. Entregnaguemos en tu queguida Siega de Gredos, hasta que subas al Almanzog con los ojos ceggados”. No podía negarle nada. Ese acento francés y esa capacidad para entusiasmar a un muerto lo hacían absolutamente irresistible. Y el Circo de Gredos. Un espectáculo de la naturaleza que llevaba toda la vida a dos horas en coche de mi casa y que tuvo que venir un maldito gabacho del sur de París a mostrarme cuánto se te puede ensanchar el alma cuando la montaña se muestra ante tus ojos. No te lo agradezco, Roger. Te odio por ello.
No fue hasta la noche antes de hacer cumbre, que no me dijo que tenía varios dedos de las manos congelados, le insistí en que bajáramos en ese preciso momento. Pero mis palabras se precipitaban en el vacío de sus carcajadas al escucharme.
-   Haguemos cumbre en el Mont Blanc y te pedigué que te cases conmigo.
-     Llevamos casados ocho años Roger, no digas tonterías y volvamos al refugio.
-    Te lo pedigué de nuevo, me casagué contigo todos los días del guesto de mi vida.

Maldito Gabacho.
Durante los 45 minutos que me quedé quieta sosteniendo su brazo inerte, el pensamiento que más se repetía en mi cabeza era el de morir allí con él. Se me acaba la vida al perder él la suya.
Lo último que me dijo fue “no imaggino megjor manera de moguir, mon Cherie…en mi Montaña y a tu lado”, el cabrón lo sabía, sabía que no volvería a bajar, que se quedaría en la cumbre para siempre.
Bajé hasta el refugio de Durier casi flotando, no pesaba nada, o al menos pesaba la mitad. 
Ahora siempre tengo frío, no consigo nunca entrar en calor, supongo que es porque la mitad de mí sigue en la cumbre del Mont Blanc, sosteniendo el brazo de mi maldito gabacho.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...