La vaselina es lo que mejor funciona para reducir la irritación que dejan las marcas de las mascarillas y de las gafas de protección en la cara. Ni cremas hidratantes milagrosas, ni serums carísimos ni fórmulas magistrales. Vaselina.
Es lo único que lleva Cristina en el bolsillo del pijama de enfermera bajo la bata de protección. Un pequeño tubo de vaselina.
Cuando llega a casa mete la bata, la mascarilla y las gafas en un barreño de agua con lejía. Lo deja en remojo mientras se ducha y se pone ropa cómoda. Cuando termina se asearse, aclara sus enseres y los tiende en la cuerda del tendedero.
Mañana estarán listos de nuevo.
La casa es grande, muy grande. Pero no lo suficiente como para no oír los atolondrados pies de Mateo recorriendo todas las estancias de la planta principal.
Ya tiene tres años y medio y no para un segundo, su padre lo persigue para darle de comer, para bañarlo, para vestirlo. Otras veces es Mateo el que persigue a su padre, para jugar, para luchar, para darle un abrazo.
A Cristina se le derrama una lágrima por la mejilla, cae muy despacio, lenta como la amargura cuando se te mete en el cuerpo y te va volviendo gris.
Mateo pregunta constantemente por mamá, dónde está, cuándo vendrá, ¿se ha ido para siempre?
Juan Manuel le dice a Cristina, mediante mensajes de teléfono, que le dé a Mateo las buenas noches desde el sótano, que al niño le hará bien oír la voz de su madre. Ella titubea, piensa que alterará al niño escucharla y no verla. Concluyen que es mejor que Cristina le haga una videollamada al teléfono móvil del padre para poder hablar con el pequeño.
Finalmente hablan. Mateo ve a su madre y le manda besos, ella se emociona. Son ya cinco días sin abrazar a su pequeño. Mañana turno de mañana, pasado de noche y descansará unos días. Se ha protegido bien, ha seguido los protocolos al detalle, no tiene síntomas. Toda precaución es poca para conseguir el objetivo, abrazar a su hijo.
Mateo ha reconocido la estancia, el sofá, la mesa del fondo con las seis sillas, la chimenea donde papá prepara cocido en invierno. Mamá está en el sótano de casa.
En mitad de la noche se baja de su cama, ya sabe ponerse las zapatillas de estar en casa, se calza y baja las escaleras. Abre la puerta y ahí está mamá, durmiendo en el sofá del sótano. Mateo se lanza sobre ella. Trece kilos y medio de amor infantil. Es como si te cayera una gigantesca nube de algodón de azúcar con brazos de terciopelo y emitiendo palabras de amor tan dulces como la miel.
Cristina se sobresalta, horrorizada lo aparta de su pecho, el niño no debería estar aquí, entra en pánico y grita.
Juan Manuel baja corriendo, coge al niño que llora desconsolado y se lo sube sin apenas tocar el suelo a la planta principal.
Mateo llora y se duerme. Cristina llora más aún, no dormirá esta noche.
No le puedes explicar a un niño de tres años y medio que mamá no puede abrazarte, que está luchando en primera línea de batalla contra un enemigo malvado al que no podemos ver ni tocar pero que está ahí, al acecho.
Suena el despertador, turno de mañana. Cristina recoge su equipo de protección individual, ya está seco.
Desinfectante y guantes para salir de casa y coger el coche. Dos días más y la guerra contra el virus COVID-19 le dará una tregua para estar con su familia, para darles los besos que les debe, los abrazos que tiene guardados, las caricias contenidas. Nada puede perderse.