viernes, 10 de abril de 2020

En casa

La vaselina es lo que mejor funciona para reducir la irritación que dejan las marcas de las mascarillas y de las gafas de protección en la cara. Ni cremas hidratantes milagrosas, ni serums carísimos ni fórmulas magistrales. Vaselina.
Es lo único que lleva Cristina en el bolsillo del pijama de enfermera bajo la bata de protección. Un pequeño tubo de vaselina.
Cuando llega a casa mete la bata, la mascarilla y las gafas en un barreño de agua con lejía. Lo deja en remojo mientras se ducha y se pone ropa cómoda. Cuando termina se asearse, aclara sus enseres y los tiende en la cuerda del tendedero.
Mañana estarán listos de nuevo.
La casa es grande, muy grande. Pero no lo suficiente como para no oír los atolondrados pies de Mateo recorriendo todas las estancias de la planta principal.
Ya tiene tres años y medio y no para un segundo, su padre lo persigue para darle de comer, para bañarlo, para vestirlo. Otras veces es Mateo el que persigue a su padre, para jugar, para luchar, para darle un abrazo.
A Cristina se le derrama una lágrima por la mejilla, cae muy despacio, lenta como la amargura cuando se te mete en el cuerpo y te va volviendo gris.
Mateo pregunta constantemente por mamá, dónde está, cuándo vendrá, ¿se ha ido para siempre?
Juan Manuel le dice a Cristina, mediante mensajes de teléfono, que le dé a Mateo las buenas noches desde el sótano, que al niño le hará bien oír la voz de su madre. Ella titubea, piensa que alterará al niño escucharla y no verla. Concluyen que es mejor que Cristina le haga una videollamada al teléfono móvil del padre para poder hablar con el pequeño.
Finalmente hablan. Mateo ve a su madre y le manda besos, ella se emociona. Son ya cinco días sin abrazar a su pequeño. Mañana turno de mañana, pasado de noche y descansará unos días. Se ha protegido bien, ha seguido los protocolos al detalle, no tiene síntomas. Toda precaución es poca para conseguir el objetivo, abrazar a su hijo.
Mateo ha reconocido la estancia, el sofá, la mesa del fondo con las seis sillas, la chimenea donde papá prepara cocido en invierno. Mamá está en el sótano de casa.
En mitad de la noche se baja de su cama, ya sabe ponerse las zapatillas de estar en casa, se calza y baja las escaleras. Abre la puerta y ahí está mamá, durmiendo en el sofá del sótano. Mateo se lanza sobre ella. Trece kilos y medio de amor infantil. Es como si te cayera una gigantesca nube de algodón de azúcar con brazos de terciopelo y emitiendo palabras de amor tan dulces como la miel.
Cristina se sobresalta, horrorizada lo aparta de su pecho, el niño no debería estar aquí, entra en pánico y grita.
Juan Manuel baja corriendo, coge al niño que llora desconsolado y se lo sube sin apenas tocar el suelo a la planta principal.
Mateo llora y se duerme. Cristina llora más aún, no dormirá esta noche.
No le puedes explicar a un niño de tres años y medio que mamá no puede abrazarte, que está luchando en primera línea de batalla contra un enemigo malvado al que no podemos ver ni tocar pero que está ahí, al acecho.
Suena el despertador, turno de mañana. Cristina recoge su equipo de protección individual, ya está seco.
Desinfectante y guantes para salir de casa y coger el coche. Dos días más y la guerra contra el virus COVID-19 le dará una tregua para estar con su familia, para darles los besos que les debe, los abrazos que tiene guardados, las caricias contenidas. Nada puede perderse.

jueves, 5 de marzo de 2020

La Luz de Pepa


El poder te llega cuando menos te lo esperas. Puede que siempre estuviera ahí, pero no lo notas o no sabes que dispones de él hasta que llega el momento adecuado.
A Pepa le llegó tarde, cuando trabajaba de maestra en un colegio de Albacete en los años ochenta. Estaba casada con Luis y era madre de dos hijos.
Lo descubrió mientras caminaba por el pasillo del colegio y vio la cara triste de un niño de nueve años atormentado por un abusón de los de libro.
El abusón era un niño aún más infeliz que su víctima. A Pepa le bastó con acariciarle la cara y mirarle a los ojos para llenarle el corazón de luz y armonía. El niño se transformó por completo, pidió perdón y también  ayuda a su víctima, que lo ayudó con las matemáticas y el inglés.
Pepa hacía pequeñas heroicidades, que pasan desapercibidas a los simples mortales,  pero que son trascendentales globalmente.
Nunca hubo un accidente de tráfico en un área de dos kilómetros a la redonda  desde la casa de Pepa, la librería de debajo de su casa era un negocio exitoso, las macetas que colgaban de los balcones siempre tenían flores y las heladas sólo servían para que los vecinos vistieran las bufandas tejidas a mano que las ancianas del barrio, de más de noventa años, seguían tejiendo con vitalidad adolescente.
Pepa tenía la capacidad de dar felicidad, no hay un poder mayor.
Una mañana Pepa se notó un bulto en el pecho. Cáncer de mama, lo mejor será extirpar las dos mamas. Y luego quimioterapia y un pañuelo en la cabeza.
Por supuesto lo superó, era una heroína con mucho poder. Se puso bien, siguió su vida y vio a sus hijos tener hijos que la colmaron de más felicidad y por lo tanto más poder. Con ese poder salvó a su marido de morir por un infarto, y de paso en el hospital, resolvió el mal de amores de una enfermera, el miedo a hablar en público de dos médicos y fortaleció la autoestima de una auxiliar de enfermería, que le sirvió para mandar a la mierda al borracho de su marido y conseguir la custodia de sus dos hijos.
Pepa era luz.
Pero la luz tiene su dosis de oscuridad, su sombra obligada es el precio que hay que pagar. Y entonces el cáncer volvió. Y cada vez que Pepa se iluminaba y cambiaba la vida de alguien, el cáncer se expandía y aparecía en un órgano nuevo.
Pero Pepa se mantenía estoica ante la enfermedad. Para sorpresa de sanitarios y amigos, seguía en pie, llevaba el tratamiento con optimismo, las recomendaciones que le daban las seguía a pie juntillas y  así se mantenía con vida, y con luz. Un milagro para la ciencia, lo normal para un héroe.
Sus hijos prosperaban, sus nietos crecían sanos y su barrio seguía lleno de flores. Todo esto lo conseguía sin moverse de casa, encerrada con su dolor y con Luis.
Ella se daba cuenta que, desde que enfermó tanto, su marido era el único que no absorbía su luz, no podía hacerlo feliz. Estaba tan preocupado por ella que parecía como si se hubiera cubierto de una capa anti felicidad, incluso tenía la piel más gris, estaba triste.
Pepa seguía más o menos igual, algunos días incluso mejor, pero su marido seguía gris. Intentó darle luz, lo miró a los ojos intentando buscar una explicación y ahí lo vio. El saco que llevaba Luis dentro de su ser. Un saco lleno de pena, de angustia y de enfermedad.
El cáncer de Pepa avanzaba, pero no acaba con ella. Era como si a medida que se reproducía, alguien lo fuera sacando de su cuerpo y echándolo en algún otro sitio, en un saco quizá.
Muy sería, y emocionada, le dijo “Si llenas mucho el sacó explotará y tú irás detrás”. Su respuesta fue clara “No podemos privar al mundo de tu luz, te vas a curar”.

martes, 7 de enero de 2020

La Gran Familia


Otra vez “La Gran Familia” en la tele, la voz de Pepe Isbert desgañitándose por la plaza mayor buscando a ese niño criado con leche en polvo y queso americano hacía que Basilio casi perdiera los nervios. Pero respiraba tres veces, se calmaba y retomaba el hilo de la historia que le estaba contando su suegro. Esa historia sobre cómo había participado en concurso de arar la tierra y el arado se rompió y con un brazo tiraba del arado y con otro araba el campo como si su brazo fuera un diente más de la herramienta, una historia increíble sin duda, pero las tres primeras veces. Esta sería la veinteava vez que la escuchaba, delante de las mismas caras, repetida palabra por palabra.
Basilio no podía soportarlo más. Odiaba la Navidad.
Todos los años lo mismo, y el anuncio del turrón, y las luces, y los cuartos, ¡maldita sea! De sobra sabía cómo funcionaba el maldito reloj de la Plaza Mayor, ese y todos los malditos relojes del mundo.
Y sus hijos. Pidiendo, exigiendo regalos, cosas, mandando. Basilio siempre se lamentaba de haber ido a por el segundo, por hacerlo vinieron dos. Las Navidades eran un desfalco.
Esos días la paz de su hogar sufría una perturbación que Basilio detestaba. Con lo a gusto que estaba él el resto del año, con Teresa, los dos solitos. Y no en Navidad, que ni su Teresa era Teresa. Su dulce señora de transformaba en una especie de Hidra histérica, cocinando, recogiendo, ordenando, decorando, no paraba, no escuchaba, no hablaba.
Basilio odiaba hasta la bandeja del turrón y los polvorones, con ese mantelito con encaje de bolillo que hizo la Tía Margarita, la de Bolaños de Calatrava, que era una artista en el encaje de Bolillos, que sí, la que vino a nuestra boda con un sombrero con plumas. Otra vez Margarita, que se había muerto hacía veinte años y seguía allí metida en su casa todas las Navidades en forma de mantelito con encaje de bolillos.
La Navidad que su suegro ya no estaba para contar lo del arado sintió cierto alivio, no se alegraba de su muerte, pero un atisbo de tranquilidad asomaba en Nochebuena.
Cuando la mayor dejó de venir en Nochevieja porque se iba de casa rural, sintió cómo un peso se le quitaba de encima al no tener que ver el ridículo desfile de modelos que todos los años hacía la niña antes de irse al cotillón. Ridículamente pintada como una puerta.
Un año, para Navidad, Teresa no sacó la bandeja del turrón, porque los dos tenían el azúcar alto y era mejor no tener la tentación cerca. Con la bandeja fuera de juego, también la tía Margarita desaparecía.
Años más tarde ya no venía nadie a cenar en Nochebuena y Teresa y él se acostaban antes de las doce el treinta y uno de diciembre.
Un día Basilio lo supo, se había librado de la Navidad. Su vida no se veía alterada por esas dos semanas de caos y luz. Fue entonces cuando un veinticinco de diciembre,  encendió la televisión después de comer, por si por casualidad retransmitían “La Gran Familia”.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...