martes, 8 de octubre de 2019

Agujeros en los calcetines

En mi casa siempre ha habido perros, mi padre es cazador por lo tanto dos o tres lebreles hemos tenido siempre. No entraban en casa ni se subían en el sofá, pero nunca les faltó nuestra atención y nuestro cariño y ellos siempre nos devolvieron todo el afecto del que son capaces y la mayor lealtad posible.
Es cierto que existía alrededor de la afición a la caza de mi padre cierto tráfico perruno y a veces unos perros se iban y otros llegaban, pero siempre nos gustaba contar con la compañía de los canes.
En una de estas ocasiones de mercadeo de animales le regalaron a mi padre, en el invierno del 2001, una cachorrita diminuta. Uno de sus alumnos se la llevó a clase metida en el bolsillo de su abrigo, asegurando que la cachorrita en cuestión, que no tenía ni raza ni padre conocidos, sería en cuanto creciera un poco una magnifica conejera; alegrando las mañanas de caza de mi padre con lances imposibles y capturas in extremis de conejos que, pensando que ya encontraban refugio en su madriguera, se encontraban acorralados por la fiel compañera de caza de mi padre. 

La perrita era bastante poco agraciada, una perra pequeña y fea, pero era tan graciosa y adorable al mismo tiempo que decidí llamarla Audrey, porque para mí era el animal más bonito del mundo. Dada su corta edad  y su evidente fragilidad, la tuvimos en casa unos meses. Dormía con mi hermano, se comía nuestros calcetines y nos mordisqueaba los dedos de los pies cuando no nos dábamos cuenta, era una delicia caótica que nos hacía reír y enfadar a partes iguales.

Habían pasado unos meses y por fin Audrey tenía edad para salir al campo. Mi padre la echó en el coche con el resto de perros y se marcharon al monte. Nos contó que al primer disparo que oyó, la pequeña Audrey (que no pesaba más de dos kilos y no levantaba un palmo del suelo) se agazapó junto a una piedra y no se movió. Tan asustada se quedó del estruendo, que se mantuvo en esa posición hasta que llegó la hora de comer. Mi padre la encontró en el mismo punto donde la había dejado cuando disparó por primera vez aquella mañana. La recogió y la trajo de vuelta a casa.

Obviamente la conejera no había resultado tal. Pero eso nos daba igual, la queríamos y se quedaría con nosotros, de eso no había duda. 

Una calurosa tarde de verano de 2005, mientras mis padres veraneaban en las Islas Canarias, Audrey, por alguna desafortunada causa del azar, se metió en la parte de la parcela donde vivían los demás perros de la casa, los que si cazaban. Lo hacía de vez en cuando y no solía pasar nada. Pero ese día pasó. Una de las perras se lanzó a por ella sin piedad, la zarandeó, le clavó los dientes y la dejó tirada en suelo gimiendo de dolor. 
Cogí su toalla, la envolví como si fuera un arrullo y me la llevé al veterinario. 

La veterinaria, después de hacerle unas radiografías me contó lo siguiente: "tu perrita está muy malherida, tiene la pared abdominal destrozada, le han roto parte de los intestinos y además llevaba 4 cachorritos en su interior que con seguridad han muerto. Podemos operarla, la vaciaríamos por dentro y quedaría bien....son 800 euros".

Creo que en mi vida he llorado tanto. Entonces yo no tenía 800 euros, sólo tenía 24 años y un coche recién comprado con una letra mensual. Llamé a mi padre en busca de ayuda y me contó lo siguiente: "Qué penita, pobre Audrey, paga la eutanasia a la veterinaria y que deje de sufrir la pobrecilla".

Lloré aún más. Era desgarrador ver aquella carita desvalida, envuelta en la tolla. Pagué con congoja la eutanasia y retirada de cadáver a la veterinaria y me fui de allí sollozando. Aun me quedé un rato en el coche llorando como si me hubieran arrancado un brazo.

En septiembre de 2005 fui con mi novio de la época a cenar a casa de una amiga. Lo pasamos bien, la comida estaba rica y la conversación era divertida. Me reí de ella cuando le vi los calcetines rotos. Me dijo que estaban su madre y ella cuidando a una perrita a la que un veterinario había operado y ellas se encargaban de limpiar sus heridas mientras le encontraban una familia. Le hablé de Audrey y como se comía los calcetines y cómo tuve que sacrificarla y cómo lloré.

Debí ponerme de un tono azulado cuando me dijo "¿Audrey? A esta perrita le llamamos Herpurita...". Yo busqué la cara de mi novio como quien necesita una aprobación inmediata y él dijo "no es ella, no puede ser tu perra Bea, pagaste una eutanasia. Un veterinario no haría eso nunca".

A la mañana siguiente, bien temprano, me llamó mi amiga "Bea, vente a casa que es tu perra". Vivíamos muy cerca, fui de una carrera, entré en jardín y una bolita de pelo marrón vino hacia mí ladrando sin parar. Era mi pequeña Audrey. Me senté en el sofá de la casa y de un salto se subió sobre mí, con su cabecita en mi entrepierna, sin moverse, perecía que estuviera diciendo "¿dónde estabas? Llevo mucho tiempo esperándote".

Un mes después me mudé a otro pueblo, me la llevé conmigo. Vivió conmigo en aquella casa y en otra a la que me trasladé después. Vio nacer a mi hijo y morir a mi abuelo.

Una mañana de agosto de 2016 vi que caminaba despacio y respiraba con dificultad, "esta tarde la llevo al veterinario, en cuanto salga de trabajar". Cuando regresé a casa estaba en su camita, inmóvil y fría.
Ahora sí se había ido para siempre y no iba a resucitar para volver a mi lado.


domingo, 22 de septiembre de 2019

La colada



 Quedamos en que Miriam se encargaría de la comida enlatada, yo llevaría la envasada en plástico y Marta sería la encargada de comprar lo que fuésemos a consumir en el día: algo de pan, fruta y las imprescindibles cervezas. Dado el amor que las tres le teníamos a esta bebida y en un arrebato de sentirnos tan europeas como la que más, concluimos que no podíamos repetir marca. Cada ciudad de Europa, una distinta.
 Viajar en tren no es todo lo cómodo que uno pueda esperar, sobre todo si tu billete de Interail solo te permite tomar trenes regionales; nada de alta velocidad y, por supuesto, siempre en turista. Pero eso no importa cuando se tienen veinte años. Latas de albóndigas en la mochila y escasa importancia por la depilación. 
Así éramos y así viajamos.

La mejor manera de descansar era coger trenes que viajaran de noche e hicieran largos recorridos. De ese modo, un día estábamos en París y al siguiente en Múnich para después amanecer en Bruselas con billete reservado para el nocturno que iba a Viena.
 Una mañana aparecimos en Innsbruck. Es una ciudad preciosa. La capital del Tirol austriaco. Cuando paseas por sus calles te da la impresión de que las montañas se te van a caer sobre la cabeza. Entendimos en ese momento el miedo de los galos a que el cielo se les cayera encima mirando hacia arriba cuando nos bajamos del tren en la estación de Innsbruck. 
 Enseguida bajamos la mirada al mundo real y allí estaba, como una aparición, un escaparate que, al menos a nuestro juicio, brillaba por encima de los demás. Era lo que llevábamos días buscando: una lavandería.
 Con un par de euros llenamos una lavadora y de ahí sacamos la colada limpia para, con otro par de monedas, echarla en la secadora. Hacía sol, la cerveza era barata y los bancos de la lavandería eran cómodos. Un sueño hecho realidad para tres mochileras universitarias.
 Estábamos esperando a que la secadora terminara su programa cuando una banda de músicos atravesó la calle. 
 Una maravilla de orquestación de instrumentos de viento y percusión, trajes típicos con plumas en los sombreros, bigotes de inmensas dimensiones y orondas mujeres con jarras de cerveza. Creo que las tres lo pensamos, o al menos a mí se me pasó por la cabeza, pero sólo Marta lo dijo: Tías, paso de todo. Me quedo a vivir aquí. 

 Marta era así, parecía una pasota pero estaba al loro de todo lo que le rodeaba. Así que después de que a Miriam se le pasara el ataque de risa y yo le preguntara por tercera vez que de qué coño nos estaba hablando, volví a mirar a Marta y entonces lo vi. Era convicción y era seguridad.    
 La tía hablaba en serio. Giré la cabeza y vi el cartel en alemán que había colgado en la puerta de la lavandería: Manager wird benötigt (se necesita encargado).
 Le bastaron 10 minutos y la guía de “Cómo hablar alemán en 10 días” para decidir que se quedaba allí a vivir.
 El siguiente tren que cogimos nos llevó hasta Lyon, pero Marta ya no venía con nosotras.

 Cuando paso por una lavandería me acuerdo mucho de ella, sobre todo porque aparece en los carteles de la mayor franquicia de lavanderías del país. Ahí está su imagen al lado del nombre de la marca y el lema de la misma que reza: “Valora tu tiempo y aprovéchalo, de la colada nos encargamos nosotros”.

martes, 16 de julio de 2019

No place like home


Una maleta a reventar de ropa de verano, con alguna rebeca por si refresca, sandalias y zapatillas de deporte por si me animo a salir a correr. La bolsa de la playa con toalla, esterilla, crema solar y dos novelas de fácil lectura para pasar el rato bajo el sol. Las gafas de buceo con el snorkel y unas aletas para nadar más rápido. En Almería se ven un montón de animales marinos con sólo flotar en la superficie y merece la pena merodear con las gafas alrededor de las rocas. Ya está todo.

Salgo temprano por la autovía de Andalucía, aún no ha amanecido pero ya hay coches circulando, pienso si todos llevarán un equipaje como el mío, seguro que sí, somos rutinarios para todo y predecibles. Vacaciones de verano, viajar a la playa, engordar unos kilos, volver al trabajo tristes pero aliviados de recuperar la rutina. Despejo esa idea de mi mente, qué carajo, claro que se puede estar siempre de vacaciones, pero nos han convencido de que no y me empiezo a cabrear, tanto que casi me paso el desvío. Mierda, no es por aquí, viajar sola tiene estos inconvenientes, la falta de copiloto.

Buscar un cambio de sentido no está siendo fácil, ha salido el sol, me deslumbra un poco, no veo bien lo que dice ese cartel pero parece que indica una vía de servicio con gasolinera, decido entrar. Sabrán indicarme, y no me vendrá mal un café. Aparco el coche bajo un techado de uralita. La verdad es que el paisaje es desolador, una gasolinera vieja en medio de la nada con un cartel oxidado que reza “BIENVENIDOS AL PARAISO”. Sonrío inevitablemente, tremenda autoestima la de los habitantes de este lugar. Me acuerdo de Dorothy pensando en su  granja de Kansas diciendo “there´s no place like home”, ¡venga ya Dorita! ¿En serio es mejor esa granja en blanco y negro a todo el mundo de fantasía y color de Oz? Incomprensible para mí. Aún le estoy dando vueltas al tema de Oz cuando se me presenta un apuesto gasolinero, tan sucio como el que más, pero se vislumbra un físico aceptable bajo esa capa de grasa y me pregunta amablemente en qué puede ayudarme. Le indico mi problema de orientación y carreteras, sonríe y me dice que me tome algo en la cantina, que irá enseguida con un mapa para mostrarme que mi destino no tiene pérdida.

La puerta de cristal chirría y suenan las campanitas que hay colgando del techo cuando empujo la puerta hacia adentro. A continuación viene el dependiente, igual de sucio, pero igual de apuesto. Saca un mapa y me muestra el camino, parece fácil, qué torpe he estado, ese maldito sol deslumbrándome… Me pongo en marcha y en menos de diez minutos estoy en la playa. En San José, no me lo puedo creer, es como si hubiera atravesado un agujero de gusano, ¿cuánto he tardado desde el centro de la península? ¿Dos horas, tres? Bueno, mejor para mí, bendigo los vórtices espacio temporales y me sumerjo en mar.

Vacaciones de verano, sol, playa, peces, comida en el puerto…no puedo pedir más, me siento completamente en paz. Abro los ojos, parece que acaba de amanecer, hay una ventana por la que se ven unos enormes chopos en una gran avenida, sus hojas amarillentas caen al suelo mecidas por el viento. Tengo la boca seca, quiero agua, he debido decirlo en voz alta, una enfermera regordeta  y sonriente me trae un poco con una pajita, bebo. Con una voz suave y una leve caricia, me pregunta si me acuerdo del accidente. Estaba amaneciendo cuando un camión perdió el control y chocó contra mi coche. Llevo en coma dos meses.

Pregunto a los médicos si alguien me ha sacado del hospital en ese tiempo, si he estado fuera, dormida pero fuera. Se ríen, por supuesto que no. 

          Estado comatoso profundo.

Juraría que estoy bronceada, aún me sabe la boca a pescado y tengo agujetas de bucear. Si cierro los ojos aún sigo de vacaciones. Supongo que Dorothy no estaba tan equivocada.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...