lunes, 11 de mayo de 2020

Membrillos y croquetas

Ya hemos llegado. Ellos han oído llegar el coche y ya salen a la puerta, da igual que sea de noche, que llueva o que haga viento. Siempre salen a recibirnos, con los brazos abiertos, con una tremenda sonrisa, casi emocionados.
La abuela ha hecho croquetas, huele toda la casa. Las croquetas de la abuela son más alargadas de lo normal, las hace con sus manitas plagadas de artrosis, como si fueran dos pequeñas herramientas cóncavas que provocan este molde alargado que culmina en la croqueta más deliciosa que jamás probaré.
El abuelo nos enseña su último invento. El membrillo que da peras. Saltamos y reímos alucinados, como locos,  gritando al aire “¡un membrillo que da peras ja ja ja!”
Pronto sale mi abuela al oír el alboroto y como quien dice cualquier cosa insustancial, le dice al aire “ahora las peras están ásperas como membrillos y los membrillos gotean como peras”.
Nos quedamos un poco chafados, la abuela tiene estas cosas. Es como una pequeña impronta que le obliga inconscientemente a afear todo lo que hace el abuelo. Pero el abuelo se ríe y, como si no hubiera escuchado nada, nos dice: pues ya veréis cuando probéis los melocotones que le he injertado al ciruelo, se deshacen en la boca…
Y con una sonrisa socarrona saca su pequeño monedero y nos da una moneda de veinticinco pesetas. Nos arrojamos a su cuello y le inflamos la mejilla de besos.
Luego cenamos croquetas y la abuela saca de su escondite una caja de Surtido Cuétara, el paraíso de las galletas. Nos quedamos medio dormidos viendo el 1, 2, 3… y como por arte de magia aterrizamos en nuestras camas. Las mantas pesan, nos aplastan y nos sumergen en un sueño profundo.
El membrillo sigue dando peras, fuera en el corral. El abuelo no puede verlo porque murió hace unos años y la abuela tampoco, porque lleva encerrada dentro de casa cuarenta días. No entiende muy bien lo que pasa, pero sigue estrictas órdenes de sus hijos.
Sentada en su sillón de oreja la abuela regaña al abuelo, él ya no está, pero le cuenta todo lo que sale en las noticias y le pregunta que si tiene las mascarillas que se ponía para fumigar los frutales, que no las quiere para ella porque no va a salir, pero que alguien podría necesitarlas, que no sea ruin y se las de a esa vecina joven que le trae la compra. El caso es regañar al abuelo.
No sabemos si tenemos padres o no, desparecieron cuando olimos las croquetas, cuando bajamos del coche, cuando corrimos a los brazos de los abuelos, que son duros por fuera pero se deshacen por dentro. Como los membrillos. 

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...