Ya hemos llegado. Ellos han
oído llegar el coche y ya salen a la puerta, da igual que sea de noche, que
llueva o que haga viento. Siempre salen a recibirnos, con los brazos abiertos,
con una tremenda sonrisa, casi emocionados.
La abuela ha hecho
croquetas, huele toda la casa. Las croquetas de la abuela son más alargadas de
lo normal, las hace con sus manitas plagadas de artrosis, como si fueran dos
pequeñas herramientas cóncavas que provocan este molde alargado que culmina en
la croqueta más deliciosa que jamás probaré.
El abuelo nos enseña su
último invento. El membrillo que da peras. Saltamos y reímos alucinados, como
locos, gritando al aire “¡un membrillo
que da peras ja ja ja!”
Pronto sale mi abuela al oír
el alboroto y como quien dice cualquier cosa insustancial, le dice al aire “ahora
las peras están ásperas como membrillos y los membrillos gotean como peras”.
Nos quedamos un poco
chafados, la abuela tiene estas cosas. Es como una pequeña impronta que le
obliga inconscientemente a afear todo lo que hace el abuelo. Pero el abuelo se ríe
y, como si no hubiera escuchado nada, nos dice: pues ya veréis cuando probéis los
melocotones que le he injertado al ciruelo, se deshacen en la boca…
Y con una sonrisa socarrona
saca su pequeño monedero y nos da una moneda de veinticinco pesetas. Nos arrojamos
a su cuello y le inflamos la mejilla de besos.
Luego cenamos croquetas y la
abuela saca de su escondite una caja de Surtido
Cuétara, el paraíso de las galletas. Nos quedamos medio dormidos viendo el 1, 2, 3… y como por arte de magia
aterrizamos en nuestras camas. Las mantas pesan, nos aplastan y nos sumergen en
un sueño profundo.
El membrillo sigue dando
peras, fuera en el corral. El abuelo no puede verlo porque murió hace unos años
y la abuela tampoco, porque lleva encerrada dentro de casa cuarenta días. No entiende
muy bien lo que pasa, pero sigue estrictas órdenes de sus hijos.
Sentada en su sillón de
oreja la abuela regaña al abuelo, él ya no está, pero le cuenta todo lo que
sale en las noticias y le pregunta que si tiene las mascarillas que se ponía para
fumigar los frutales, que no las quiere para ella porque no va a salir, pero
que alguien podría necesitarlas, que no sea ruin y se las de a esa vecina joven
que le trae la compra. El caso es regañar al abuelo.
No sabemos si tenemos
padres o no, desparecieron cuando olimos las croquetas, cuando bajamos del
coche, cuando corrimos a los brazos de los abuelos, que son duros por fuera
pero se deshacen por dentro. Como los membrillos.