viernes, 10 de abril de 2020

La Vaquería

El pueblo se formó después de la cuarentena.

Al Gobierno se le ocurrió repoblar pueblos abandonados, arreglar las casas, adecuar servicios e instalaciones y hacerlos de nuevo sitios habitables y además funcionales. Pueblos que contaban con todos los recursos para poder trabajar, montar empresas, bien comunicados.

En principio los pobladores serían gente joven, o de mediana edad que necesitaban empezar de nuevo. Sobretodo gente con familia que habían perdido sus trabajos durante el estado de alarma, no habían podido pagar sus casas y habían sido desahuciados. También habría casas para médicos, maestros, policías y demás funcionarios esenciales que quisieran optar por cambiar de vida tras la crisis del COVID-19.

No tenía muy claro de dónde era Fermín el de la vaquería. Yo llegué con mis padres cuando tan sólo tenía cuatro años, por lo tanto el pueblo era todo lo que había conocido y él ya estaba allí. Estaba en mi vida desde siempre.

Tras la crisis del virus la gente se volvió más respetuosa con el planeta y muchos optaron por los productos ecológicos, por compensar a los pequeños agricultores y ganaderos que en tiempos de confinamiento tanto habían hecho por la población. Fermín montó la vaquería.

Siempre comprábamos allí la leche de sus vacas. Fermín y sus empleados se encargaban del mantenimiento de las vacas y de la producción de la leche. También hacían derivados lácteos de todo tipo, quesos, yogures, cuajadas. El paraíso de la lactosa.

Fermín atendía directamente al público, le gustaba estar en el mostrador de la tienda y charlar con gente.

Todas las personas vivíamos sensibles a los virus, bacterias, gérmenes. Yo ya me había criado en este ambiente de respeto al “enemigo invisible” pero al parecer antes las cosas no eran así. La gente no se lavaba tanto las manos, no se tapaba la boca al estornudar, ni reparaba en lo que había tocado o había dejado de tocar.

“Si no fuera por Pasteur nos habríamos extinguido hace mucho”. Era lo que Fermín siempre decía cuando alguna persona se sentía insegura al comprar leche en su establecimiento. “Tranquila, mujer, Pasteur no defrauda. Lo tiene todo controlado, no encontrarás ni un solo un bichito malintencionado en nuestros productos”. Y se reía con la boca bien abierta y con las manos hacía un gesto como si tuviera unas antenas y fuese invadiendo alguna superficie inmaculada.

Era un tipo bonachón y risueño, me gustaba que nos hablara de Pasteur, de verdad que lo admiraba. Una vez le pregunté que por qué no se había hecho químico o biólogo. Me respondió con una risotada “eso habría estado bien,  muchacho, pero que muy bien” y respiró hondo mientras una lagrimillita diminuta asomaba por su ojo derecho. Él pensó que no, pero yo la vi.

Mi madre llegó con la noticia, Fermín estaba en la ciudad ingresado en el hospital, al parecer una enfermedad respiratoria muy grave que sufrió hace años le había dejado los bronquios algo comprometidos y ahora sus pulmones acusaban aquel deterioro. Fermín estaba dejando de respirar.

Una mañana gris y lluviosa Fermín respiró por última vez. El entierro sería al día siguiente, en el cementerio del pueblo. Fermín no tenía familia, así que quitando los del pueblo no seríamos muchos en el cortejo fúnebre.

Camino del cementerio no pude creer lo que veía. La entrada estaba plagada de coches oficiales de los que se bajaban hombre con trajes de chaqueta y abrigos largos, mujeres de negro con gafas de sol negras también, Coroneles del Ejército y demás personajes que parecían sin duda altos cargos institucionales. Hasta que lo vi a él. Iba con su mujer, acompañaban al Presidente del Gobierno y su séquito.

El Presidente del Gobierno durante la crisis del COVID-19 tenía cara triste, se le veía visiblemente envejecido a comparación de cómo lo veíamos en los libros de historia.

El actual Presidente se irguió solemne junto al nicho de Fermín:

- Este es un día triste para todos. Fermín Saler de Lizana luchó con todo su conocimiento y todas sus fuerzas para salvarnos del COVID-19. Lo hizo bajo una presión incesante y a contrarreloj. Finalmente, como todos sabéis, él y su equipo consiguieron aislar los anticuerpos que dieron paso a la vacuna contra el COVID-19. Decidió después retirarse a este pueblo donde espero que viviera feliz todos estos años. Gracias Doctor Saler, la humanidad estará siempre en deuda con usted. Buen viaje.

Resultó que Fermín el vaquero no tenía nada que envidiarle a Pasteur.

En casa

La vaselina es lo que mejor funciona para reducir la irritación que dejan las marcas de las mascarillas y de las gafas de protección en la cara. Ni cremas hidratantes milagrosas, ni serums carísimos ni fórmulas magistrales. Vaselina.
Es lo único que lleva Cristina en el bolsillo del pijama de enfermera bajo la bata de protección. Un pequeño tubo de vaselina.
Cuando llega a casa mete la bata, la mascarilla y las gafas en un barreño de agua con lejía. Lo deja en remojo mientras se ducha y se pone ropa cómoda. Cuando termina se asearse, aclara sus enseres y los tiende en la cuerda del tendedero.
Mañana estarán listos de nuevo.
La casa es grande, muy grande. Pero no lo suficiente como para no oír los atolondrados pies de Mateo recorriendo todas las estancias de la planta principal.
Ya tiene tres años y medio y no para un segundo, su padre lo persigue para darle de comer, para bañarlo, para vestirlo. Otras veces es Mateo el que persigue a su padre, para jugar, para luchar, para darle un abrazo.
A Cristina se le derrama una lágrima por la mejilla, cae muy despacio, lenta como la amargura cuando se te mete en el cuerpo y te va volviendo gris.
Mateo pregunta constantemente por mamá, dónde está, cuándo vendrá, ¿se ha ido para siempre?
Juan Manuel le dice a Cristina, mediante mensajes de teléfono, que le dé a Mateo las buenas noches desde el sótano, que al niño le hará bien oír la voz de su madre. Ella titubea, piensa que alterará al niño escucharla y no verla. Concluyen que es mejor que Cristina le haga una videollamada al teléfono móvil del padre para poder hablar con el pequeño.
Finalmente hablan. Mateo ve a su madre y le manda besos, ella se emociona. Son ya cinco días sin abrazar a su pequeño. Mañana turno de mañana, pasado de noche y descansará unos días. Se ha protegido bien, ha seguido los protocolos al detalle, no tiene síntomas. Toda precaución es poca para conseguir el objetivo, abrazar a su hijo.
Mateo ha reconocido la estancia, el sofá, la mesa del fondo con las seis sillas, la chimenea donde papá prepara cocido en invierno. Mamá está en el sótano de casa.
En mitad de la noche se baja de su cama, ya sabe ponerse las zapatillas de estar en casa, se calza y baja las escaleras. Abre la puerta y ahí está mamá, durmiendo en el sofá del sótano. Mateo se lanza sobre ella. Trece kilos y medio de amor infantil. Es como si te cayera una gigantesca nube de algodón de azúcar con brazos de terciopelo y emitiendo palabras de amor tan dulces como la miel.
Cristina se sobresalta, horrorizada lo aparta de su pecho, el niño no debería estar aquí, entra en pánico y grita.
Juan Manuel baja corriendo, coge al niño que llora desconsolado y se lo sube sin apenas tocar el suelo a la planta principal.
Mateo llora y se duerme. Cristina llora más aún, no dormirá esta noche.
No le puedes explicar a un niño de tres años y medio que mamá no puede abrazarte, que está luchando en primera línea de batalla contra un enemigo malvado al que no podemos ver ni tocar pero que está ahí, al acecho.
Suena el despertador, turno de mañana. Cristina recoge su equipo de protección individual, ya está seco.
Desinfectante y guantes para salir de casa y coger el coche. Dos días más y la guerra contra el virus COVID-19 le dará una tregua para estar con su familia, para darles los besos que les debe, los abrazos que tiene guardados, las caricias contenidas. Nada puede perderse.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...