El poder te llega cuando menos te lo esperas. Puede que siempre
estuviera ahí, pero no lo notas o no sabes que dispones de él hasta que llega
el momento adecuado.
A Pepa le llegó tarde, cuando trabajaba de maestra en un colegio
de Albacete en los años ochenta. Estaba casada con Luis y era madre de dos
hijos.
Lo descubrió mientras caminaba por el pasillo del colegio y vio la
cara triste de un niño de nueve años atormentado por un abusón de los de libro.
El abusón era un niño aún más infeliz que su víctima. A Pepa le
bastó con acariciarle la cara y mirarle a los ojos para llenarle el corazón de
luz y armonía. El niño se transformó por completo, pidió perdón y también ayuda a su víctima, que lo ayudó con las
matemáticas y el inglés.
Pepa hacía pequeñas heroicidades, que pasan desapercibidas a los
simples mortales, pero que son trascendentales
globalmente.
Nunca hubo un accidente de tráfico en un área de dos kilómetros a
la redonda desde la casa de Pepa, la
librería de debajo de su casa era un negocio exitoso, las macetas que colgaban
de los balcones siempre tenían flores y las heladas sólo servían para que los
vecinos vistieran las bufandas tejidas a mano que las ancianas del barrio, de
más de noventa años, seguían tejiendo con vitalidad adolescente.
Pepa tenía la capacidad de dar felicidad, no hay un poder mayor.
Una mañana Pepa se notó un bulto en el pecho. Cáncer de mama, lo
mejor será extirpar las dos mamas. Y luego quimioterapia y un pañuelo en la
cabeza.
Por supuesto lo superó, era una heroína con mucho poder. Se puso
bien, siguió su vida y vio a sus hijos tener hijos que la colmaron de más
felicidad y por lo tanto más poder. Con ese poder salvó a su marido de morir
por un infarto, y de paso en el hospital, resolvió el mal de amores de una
enfermera, el miedo a hablar en público de dos médicos y fortaleció la
autoestima de una auxiliar de enfermería, que le sirvió para mandar a la mierda
al borracho de su marido y conseguir la custodia de sus dos hijos.
Pepa era luz.
Pero la luz tiene su dosis de oscuridad, su sombra obligada es el
precio que hay que pagar. Y entonces el cáncer volvió. Y cada vez que Pepa se
iluminaba y cambiaba la vida de alguien, el cáncer se expandía y aparecía en un
órgano nuevo.
Pero Pepa se mantenía estoica ante la enfermedad. Para sorpresa de
sanitarios y amigos, seguía en pie, llevaba el tratamiento con optimismo, las
recomendaciones que le daban las seguía a pie juntillas y así se mantenía con vida, y con luz. Un
milagro para la ciencia, lo normal para un héroe.
Sus hijos prosperaban, sus nietos crecían sanos y su barrio seguía
lleno de flores. Todo esto lo conseguía sin moverse de casa, encerrada con su
dolor y con Luis.
Ella se daba cuenta que, desde que enfermó tanto, su marido era el
único que no absorbía su luz, no podía hacerlo feliz. Estaba tan preocupado por
ella que parecía como si se hubiera cubierto de una capa anti felicidad, incluso tenía la piel más gris, estaba triste.
Pepa seguía más o menos igual, algunos días incluso mejor, pero su
marido seguía gris. Intentó darle luz, lo miró a los ojos intentando buscar una
explicación y ahí lo vio. El saco que llevaba Luis dentro de su ser. Un saco
lleno de pena, de angustia y de enfermedad.
El cáncer de Pepa avanzaba, pero no acaba con ella. Era como si a
medida que se reproducía, alguien lo fuera sacando de su cuerpo y echándolo en
algún otro sitio, en un saco quizá.
Muy sería, y emocionada, le dijo “Si llenas mucho el sacó
explotará y tú irás detrás”. Su respuesta fue clara “No podemos privar al mundo
de tu luz, te vas a curar”.