Otra vez “La
Gran Familia” en la tele, la voz de Pepe Isbert desgañitándose por la plaza
mayor buscando a ese niño criado con leche en polvo y queso americano hacía que
Basilio casi perdiera los nervios. Pero respiraba tres veces, se calmaba y
retomaba el hilo de la historia que le estaba contando su suegro. Esa historia
sobre cómo había participado en concurso de arar la tierra y el arado se rompió
y con un brazo tiraba del arado y con otro araba el campo como si su brazo fuera
un diente más de la herramienta, una historia increíble sin duda, pero las tres
primeras veces. Esta sería la veinteava vez que la escuchaba, delante de las
mismas caras, repetida palabra por palabra.
Basilio no
podía soportarlo más. Odiaba la Navidad.
Todos los
años lo mismo, y el anuncio del turrón, y las luces, y los cuartos, ¡maldita
sea! De sobra sabía cómo funcionaba el maldito reloj de la Plaza Mayor, ese y
todos los malditos relojes del mundo.
Y sus hijos.
Pidiendo, exigiendo regalos, cosas, mandando. Basilio siempre se lamentaba de
haber ido a por el segundo, por hacerlo vinieron dos. Las Navidades eran un
desfalco.
Esos días la
paz de su hogar sufría una perturbación que Basilio detestaba. Con lo a gusto
que estaba él el resto del año, con Teresa, los dos solitos. Y no en Navidad,
que ni su Teresa era Teresa. Su dulce señora de transformaba en una especie de Hidra
histérica, cocinando, recogiendo, ordenando, decorando, no paraba, no
escuchaba, no hablaba.
Basilio
odiaba hasta la bandeja del turrón y los polvorones, con ese mantelito con
encaje de bolillo que hizo la Tía Margarita, la de Bolaños de Calatrava, que
era una artista en el encaje de Bolillos, que sí, la que vino a nuestra boda
con un sombrero con plumas. Otra vez Margarita, que se había muerto hacía
veinte años y seguía allí metida en su casa todas las Navidades en forma de mantelito
con encaje de bolillos.
La Navidad
que su suegro ya no estaba para contar lo del arado sintió cierto alivio, no se
alegraba de su muerte, pero un atisbo de tranquilidad asomaba en Nochebuena.
Cuando la
mayor dejó de venir en Nochevieja porque se iba de casa rural, sintió cómo un
peso se le quitaba de encima al no tener que ver el ridículo desfile de modelos
que todos los años hacía la niña antes de irse al cotillón. Ridículamente
pintada como una puerta.
Un año, para
Navidad, Teresa no sacó la bandeja del turrón, porque los dos tenían el azúcar
alto y era mejor no tener la tentación cerca. Con la bandeja fuera de juego,
también la tía Margarita desaparecía.
Años más
tarde ya no venía nadie a cenar en Nochebuena y Teresa y él se acostaban antes
de las doce el treinta y uno de diciembre.
Un día
Basilio lo supo, se había librado de la Navidad. Su vida no se veía alterada
por esas dos semanas de caos y luz. Fue entonces cuando un veinticinco de
diciembre, encendió la televisión
después de comer, por si por casualidad retransmitían “La Gran Familia”.