viernes, 13 de diciembre de 2019

Barco de juncos



Todos los fines de semana había muerto un niño en el río Pusa.

Con esa premisa iniciaba mi abuela nuestra visita al pueblo; intentaba disuadirnos de que fuésemos al río y que corriésemos algún peligro.

Era inútil.

Las bicicletas parecían volar hasta coger el camino que nos llevaba al “puente de los tubos”, que no era ningún puente, sino dos tubos de hormigón, seguramente bien cargado de amianto, que cruzaban por encima del cauce del río Pusa provenientes del canal de riego principal, el que abastecía los huertos y las cosechas de regadío.

Justo ahí el río hacía un remanso y una pequeña poza se convertía en nuestra piscina particular. Niños y niñas de entre ocho y dieciséis años disfrutábamos toda la tarde chapoteando, tirando piedras y cazando renacuajos.

A veces venían los padres.

Normalmente nos fastidiaba al principio, pero luego se nos pasaba porque nos dejaban a nuestro aire y además traían comida, un extra que sabíamos agradecer de la mejor manera que sabíamos, devorándolo todo.

El padre de Sergio hacía unas canoas geniales con los juncos que nacían en la ribera. Le costaba un rato hacerlo. Cortaba los juncos necesarios y luego los iba enlazando hasta que se convertían en una embarcación casi perfecta. Nos pasábamos la tarde pidiendo a nuestro astillero favorito que nos construyera navíos y él nos decía: “¡a callar niños! Hoy os hago dos y los compartís... menudas tardes me dais...”

Quince años en la Brigada General de Estupefacientes hacen que te olvides del mundo natural en general si exceptúas las plantaciones de marihuana, claro; pero suele crecer en garajes, naves o locales escondidos. Bajo luz artificial.

Decidí que ya era hora de pasar unos días en el pueblo; incluso de coger la bicicleta y bajar al puente de los tubos. Hacía al menos diez años que no iba por allí. Es bueno reconciliarse con el mundo de vez en cuando, y si se hace volviendo a donde uno fue feliz tanto mejor.

Hacía un buen día, se agradecía ir en bici. Este clima que ni frio ni calor me gusta. No hace calor para bañarse ni frío para abrigarse, creo que es como lo recordaba. Al menos los campos de cultivo lo eran. Se extendían por la llanura hasta que comenzaba el territorio de las encinas y ahí, empezaba el monte. Seguía igual, quizá más cultivo y menos encina. No estoy seguro.

Llegué a los tubos.

No pude acceder. Dos coches de la Guardia Civil custodiaban el camino. Saqué mi placa -beneficios de pertenecer al Cuerpo- y me adentré en la zona.

- ¿Qué ha pasado agente?- El guardia, con semblante serio, me miró y dirigió su mentón hacia los tubos.
 - Un chaval, catorce  años. Se suben a los tubos para intentar hacer acrobacias modernas de esas...parkur o no sé qué lo llaman. No calculó y se cayó. Estamos esperando al juez, pero vamos, ya lo ve usted...
- Aquí había una poza grande, el río venía bien cargado en esta época del año...-me extrañé.
- Dios mío, ¿Hace cuánto que no viene por aquí? Llevo ocho años destinado en esta comarca y esto siempre ha sido el mismo colector de basura y verdín que ve ahora mismo. No alcanzo a imaginar que algún día aquí hubiera habido una poza, y mucho menos de agua limpia.

Al menos me había tirado doscientas catorce veces desde ese puente al agua. Ya no había agua, sólo basura y mal olor. Ya no era un río navegable para los barcos de juncos.

Ese día sí murió un niño en el Pusa.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...