En mi
casa siempre ha habido perros, mi padre es cazador por lo tanto dos o tres
lebreles hemos tenido siempre. No entraban en casa ni se subían en el sofá,
pero nunca les faltó nuestra atención y nuestro cariño y ellos siempre nos
devolvieron todo el afecto del que son capaces y la mayor lealtad posible.
Es
cierto que existía alrededor de la afición a la caza de mi padre cierto tráfico
perruno y a veces unos perros se iban y otros llegaban, pero siempre nos
gustaba contar con la compañía de los canes.
En
una de estas ocasiones de mercadeo de animales le regalaron a mi padre, en el
invierno del 2001, una cachorrita diminuta. Uno de sus alumnos se la llevó a
clase metida en el bolsillo de su abrigo, asegurando que la cachorrita en
cuestión, que no tenía ni raza ni padre conocidos, sería en cuanto creciera un
poco una magnifica conejera; alegrando las mañanas de caza de mi padre con
lances imposibles y capturas in extremis de conejos que,
pensando que ya encontraban refugio en su madriguera, se encontraban
acorralados por la fiel compañera de caza de mi padre.
La
perrita era bastante poco agraciada, una perra pequeña y fea, pero era tan
graciosa y adorable al mismo tiempo que decidí
llamarla Audrey, porque para mí era el animal más bonito del mundo. Dada
su corta edad y su evidente fragilidad, la tuvimos en casa unos meses.
Dormía con mi hermano, se comía nuestros calcetines y nos mordisqueaba los
dedos de los pies cuando no nos dábamos cuenta, era una delicia caótica que nos
hacía reír y enfadar a partes iguales.
Habían
pasado unos meses y por fin Audrey tenía edad para salir al campo. Mi
padre la echó en el coche con el resto de perros y se marcharon al monte. Nos
contó que al primer disparo que oyó, la pequeña Audrey (que no pesaba
más de dos kilos y no levantaba un palmo del suelo) se agazapó junto a una
piedra y no se movió. Tan asustada se quedó del estruendo, que se mantuvo en esa
posición hasta que llegó la hora de comer. Mi padre la encontró en el mismo
punto donde la había dejado cuando disparó por primera vez aquella mañana. La
recogió y la trajo de vuelta a casa.
Obviamente
la conejera no había resultado tal. Pero eso nos daba igual, la queríamos y se
quedaría con nosotros, de eso no había duda.
Una
calurosa tarde de verano de 2005, mientras mis padres veraneaban en las Islas
Canarias, Audrey, por alguna desafortunada causa del azar, se metió en la parte
de la parcela donde vivían los demás perros de la casa, los que si cazaban. Lo
hacía de vez en cuando y no solía pasar nada. Pero ese día pasó. Una de las
perras se lanzó a por ella sin piedad, la zarandeó, le clavó los dientes y la
dejó tirada en suelo gimiendo de dolor.
Cogí
su toalla, la envolví como si fuera un arrullo y me la llevé al
veterinario.
La
veterinaria, después de hacerle unas radiografías me contó lo siguiente:
"tu perrita está muy malherida, tiene la pared abdominal destrozada, le
han roto parte de los intestinos y además llevaba 4 cachorritos en su interior
que con seguridad han muerto. Podemos operarla, la vaciaríamos por dentro y
quedaría bien....son 800 euros".
Creo
que en mi vida he llorado tanto. Entonces yo no tenía 800 euros, sólo tenía 24
años y un coche recién comprado con una letra mensual. Llamé a mi padre en
busca de ayuda y me contó lo siguiente: "Qué penita, pobre Audrey,
paga la eutanasia a la veterinaria y que deje de sufrir la pobrecilla".
Lloré
aún más. Era desgarrador ver aquella carita desvalida, envuelta en la tolla.
Pagué con congoja la eutanasia y retirada de cadáver a la veterinaria y me fui
de allí sollozando. Aun me quedé un rato en el coche llorando como si me
hubieran arrancado un brazo.
En
septiembre de 2005 fui con mi novio de la época a cenar a casa de una amiga. Lo
pasamos bien, la comida estaba rica y la conversación era divertida. Me reí de
ella cuando le vi los calcetines rotos. Me dijo que estaban su madre y ella
cuidando a una perrita a la que un veterinario había operado y ellas se
encargaban de limpiar sus heridas mientras le encontraban una familia. Le hablé
de Audrey y como se comía los calcetines y cómo tuve que sacrificarla
y cómo lloré.
Debí
ponerme de un tono azulado cuando me dijo "¿Audrey? A esta perrita le llamamos Herpurita...". Yo busqué la cara de mi novio como quien necesita
una aprobación inmediata y él dijo "no es ella, no puede ser tu perra Bea,
pagaste una eutanasia. Un veterinario no haría eso nunca".
A
la mañana siguiente, bien temprano, me llamó mi amiga "Bea, vente a casa
que es tu perra". Vivíamos muy cerca, fui de una carrera, entré en jardín
y una bolita de pelo marrón vino hacia mí ladrando sin parar. Era mi
pequeña Audrey. Me senté en el sofá de la casa y de un salto se subió
sobre mí, con su cabecita en mi entrepierna, sin moverse, perecía que estuviera
diciendo "¿dónde estabas? Llevo mucho tiempo esperándote".
Un
mes después me mudé a otro pueblo, me la llevé conmigo. Vivió conmigo en
aquella casa y en otra a la que me trasladé después. Vio nacer a mi hijo y
morir a mi abuelo.
Una
mañana de agosto de 2016 vi que caminaba despacio y respiraba con dificultad,
"esta tarde la llevo al veterinario, en cuanto salga de trabajar".
Cuando regresé a casa estaba en su camita, inmóvil y fría.
Ahora
sí se había ido para siempre y no iba a resucitar para volver a mi lado.