jueves, 3 de enero de 2019

Desenmascarando a los Reyes Magos


Una de las infancias más felices que se haya podido tener ha sido la mía. Saltar en los charcos, montar en bicicleta, bañarnos en ríos, cazar alimañas y por supuesto, jugar con muñecas. En este último particular toman una gran importancia, por supuesto,  las Navidades. Es la época por excelencia del disfrute del juego y el juguete.
Insisto en el hecho de que mi infancia fue de las más felices, porque además de contar con innumerables aventuras al aire libre con amigos, conté con cientos de juguetes. Ahora está muy de moda criticar el consumismo y hacer valer por encima de cualquier cosa opiniones del tipo “es mejor desarrollar la personalidad del niño o niña potenciando factores emocionales que suplir esas carencias con bienes materiales como los juguetes”, pues muy bien, pero vamos, amanecer el día seis de enero y encontrarte una caja enorme envuelta en papel dorado, despedazarlo con las uñas y que aparezca la súper muñeca Roly Patinadora en su interior, no hay potenciador emocional que lo supere.
Era yo una niña bastante buena, obediente y educada, pero no más que otras niñas o niños del barrio y me mosqueaba sobremanera el hecho de que los Reyes Magos pasaran por mi casa y por las de todos mis familiares dejando regalos para mí en todos los inmuebles. De hecho recibía un gran número de juguetes que ni si quiera había mencionado en la carta a Sus Majestades. Empecé a sospechar que el servicio de Correos Real y el de traductores de Oriente no funcionaban bien. Alguien estaba metiendo la pata con la interpretación de las cartas y  el reparto de los regalos. El asunto olía a carbón sin duda.
En casa de los Carrasquilla eran cuatro hermanos y cada uno recibía un solo regalo el día de Reyes; yo, sin embargo, era hija única, nieta única en dos familias y sobrina única de 4 tíos solteros y recibía montones de regalos sólo para mí. Tal desajuste en cantidad de presentes me hizo sospechar y enseguida supe que tenía una misión: desenmascarar a los Reyes Magos.
En las navidades de 1985 decidí que me iba a enterar de lo que estaba pasando y sacaría la luz la verdad sobre el superávit de regalos en unas casas y la escasez en otras. Me puse manos a la obra y decidí comenzar mi investigación utilizando el método deductivo, para ello lo primero que tenía que hacer era observar. Me fui con mi bocadillo de Pralín a casa de Luis Carrasquilla, el menor de los 4 hermanos y con el que me llevaba tan solo un par de meses. Yo ya había cumplido los cinco años, él lo haría en febrero. Nacer en distinto año me confería una madurez mucho mayor que la suya, por supuesto. Subí los dos pisos que separaban nuestros domicilios  leyendo todos los rótulos que veía a mi paso: “Teléfonos”, “Primer piso”, “Segundo Piso”. “D”, entré. Sabía leer muy bien y devoraba por entonces cada letra que aparecía a mi paso.
Sentados en la alfombra comencé mi observación. Devorábamos nuestros bocadillos mientras visionábamos David el Gnomo cuando la publicidad interrumpió la emisión, entonces comenzaron a sucederse un sin fin de anuncios de juegos, juguetes y también de perfumes y electrodomésticos; estos dos últimos supongo que para intentar despistarme; pero una niña de cinco años hasta la médula de azúcar no es tan fácil de distraer.  Luis miró con los ojos como platos la televisión Telefunken cuando apareció navegando El Barco Pirata de Playmobil y exclamó “¡me lo pido!”. Fue lo único que se pidió, yo debí repetir la frase en 8 de cada 9 anuncios de juguetes y él tan sólo  lo dijo una vez.
-                     ¿Sólo te pides El Barco Pirata? – Pregunté extrañada.
-                     Los Reyes sólo nos traen un regalo y tengo que elegir bien, El Barco Pirata es lo que más quiero.
Fruncí el ceño. Su madre entró al salón y dijo:
-                     Es un gran regalo, los Reyes no pueden traer tantas cosas para un solo niño…
En ese momento lo supe, las premisas me estaban conduciendo a la conclusión. La madre estaba en el ajo, a partir de ese momento comenzó a ser Vicenta ,“la filtradora de regalos”.
El resto de la tarde la pasé nerviosa, alterada, ilusionada. Era cinco de enero, ya habrían salido, siguiendo la estrella, subidos en sus dromedarios, aunque la gente se empeñaba en decir que eran camellos. Cómo me crispaba eso.
A la mañana siguiente desperté. No se oía nada, tan solo el sonido del roce entre mi pijama y las sábanas. Me zafé de ellas y salté de la cama. Despacio, con sigilo detectivesco atravesé el pasillo y llegué al salón. Allí estaban apilados, envueltos en papel de regalo brillante, algunos con lazo y otros no. Pero todos aquellos regalos tenían algo en común. Todos tenían rótulos. “El Corte Inglés”, “Galerías Preciados” y “Juguetes Moro”. Yo sabía leer y también sabía que los Reyes Magos no podían ir de compras, no era su estilo. Llegué a la conclusión de que ellos no eran los encargados de los regalos, no eran ni los encargados de sí mismos. Simplemente, no eran.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...