Una de las
infancias más felices que se haya podido tener ha sido la mía. Saltar en los
charcos, montar en bicicleta, bañarnos en ríos, cazar alimañas y por supuesto,
jugar con muñecas. En este último particular toman una gran importancia, por
supuesto, las Navidades. Es la época por
excelencia del disfrute del juego y el juguete.
Insisto en el
hecho de que mi infancia fue de las más felices, porque además de contar con innumerables
aventuras al aire libre con amigos, conté con cientos de juguetes. Ahora está
muy de moda criticar el consumismo y hacer valer por encima de cualquier cosa
opiniones del tipo “es mejor desarrollar la personalidad del niño o niña
potenciando factores emocionales que suplir esas carencias con bienes
materiales como los juguetes”, pues muy bien, pero vamos, amanecer el día seis de
enero y encontrarte una caja enorme envuelta en papel dorado, despedazarlo con
las uñas y que aparezca la súper muñeca Roly
Patinadora en su interior, no hay potenciador emocional que lo supere.
Era yo una
niña bastante buena, obediente y educada, pero no más que otras niñas o niños
del barrio y me mosqueaba sobremanera el hecho de que los Reyes Magos pasaran
por mi casa y por las de todos mis familiares dejando regalos para mí en todos
los inmuebles. De hecho recibía un gran número de juguetes que ni si quiera había
mencionado en la carta a Sus Majestades. Empecé a sospechar que el servicio de
Correos Real y el de traductores de Oriente no funcionaban bien. Alguien estaba
metiendo la pata con la interpretación de las cartas y el reparto de los regalos. El asunto olía a
carbón sin duda.
En casa de
los Carrasquilla eran cuatro hermanos y cada uno recibía un solo regalo el día
de Reyes; yo, sin embargo, era hija única, nieta única en dos familias y sobrina
única de 4 tíos solteros y recibía montones de regalos sólo para mí. Tal
desajuste en cantidad de presentes me hizo sospechar y enseguida supe que tenía
una misión: desenmascarar a los Reyes Magos.
En las
navidades de 1985 decidí que me iba a enterar de lo que estaba pasando y
sacaría la luz la verdad sobre el superávit de regalos en unas casas y la escasez
en otras. Me puse manos a la obra y decidí comenzar mi investigación utilizando
el método deductivo, para ello lo primero que tenía que hacer era observar. Me
fui con mi bocadillo de Pralín a casa
de Luis Carrasquilla, el menor de los 4 hermanos y con el que me llevaba tan
solo un par de meses. Yo ya había cumplido los cinco años, él lo haría en febrero.
Nacer en distinto año me confería una madurez mucho mayor que la suya, por
supuesto. Subí los dos pisos que separaban nuestros domicilios leyendo todos los rótulos que veía a mi paso: “Teléfonos”,
“Primer piso”, “Segundo Piso”. “D”, entré. Sabía leer muy bien y devoraba por
entonces cada letra que aparecía a mi paso.
Sentados en
la alfombra comencé mi observación. Devorábamos nuestros bocadillos mientras visionábamos
David el Gnomo cuando la publicidad
interrumpió la emisión, entonces comenzaron a sucederse un sin fin de anuncios
de juegos, juguetes y también de perfumes y electrodomésticos; estos dos últimos
supongo que para intentar despistarme; pero una niña de cinco años hasta la médula
de azúcar no es tan fácil de distraer. Luis
miró con los ojos como platos la televisión Telefunken
cuando apareció navegando El Barco Pirata
de Playmobil y exclamó “¡me lo pido!”.
Fue lo único que se pidió, yo debí repetir la frase en 8 de cada 9 anuncios de
juguetes y él tan sólo lo dijo una vez.
-
¿Sólo te pides El Barco Pirata? – Pregunté extrañada.
-
Los Reyes sólo nos traen un regalo y tengo que
elegir bien, El Barco Pirata es lo
que más quiero.
Fruncí el
ceño. Su madre entró al salón y dijo:
-
Es un gran regalo, los Reyes no pueden traer
tantas cosas para un solo niño…
En ese
momento lo supe, las premisas me estaban conduciendo a la conclusión. La madre
estaba en el ajo, a partir de ese momento comenzó a ser Vicenta ,“la filtradora
de regalos”.
El resto de
la tarde la pasé nerviosa, alterada, ilusionada. Era cinco de enero, ya habrían
salido, siguiendo la estrella, subidos en sus dromedarios, aunque la gente se
empeñaba en decir que eran camellos. Cómo me crispaba eso.
A la mañana
siguiente desperté. No se oía nada, tan solo el sonido del roce entre mi pijama
y las sábanas. Me zafé de ellas y salté de la cama. Despacio, con sigilo
detectivesco atravesé el pasillo y llegué al salón. Allí estaban apilados,
envueltos en papel de regalo brillante, algunos con lazo y otros no. Pero todos
aquellos regalos tenían algo en común. Todos tenían rótulos. “El Corte Inglés”,
“Galerías Preciados” y “Juguetes Moro”. Yo sabía leer y también sabía que los
Reyes Magos no podían ir de compras, no era su estilo. Llegué a la conclusión de
que ellos no eran los encargados de los regalos, no eran ni los encargados de
sí mismos. Simplemente, no eran.