Toledo, 13 de junio de
2013
Mi querida Violeta,
Esta mañana me he levantado con
el impulso irrefrenable de decirte que te amo, pero al girarme en la cama y
comprobar que no estabas no he querido que perder ni un ápice de esa fuerza y
por eso te escribo esta carta.
Aún huele la almohada a tu pelo y
siento que estás aquí, a veces casi te oigo respirar, es la magia que vive en
nuestra casa, en nuestra cama, en nuestras caricias que son energía que no se
va, se transforma en el café o en la luz que entra por la ventana, pero no me
abandona en todo el día, siempre me acompaña.
Las mañanas pasan despacio, el
trabajo y la vida es un mero trámite para llegar de nuevo a tu abrazo, a tu
olor, al sonido que hacen tus pasos, tu risa, todo en ti es precioso. Incluso cuando
me regañas por dejarlo todo en desorden, por llegar tarde, por olvidarme de las
fechas, de los eventos, incluso en esos momentos tu belleza apacigua todo lo
malo y yo me río y tú te enfadas más y me quieres tirar los platos, los vasos y
yo me rio más y terminamos en la cama, siendo una sola persona, siendo lo que
nos ha hecho vivir siempre, siendo nuestro amor.
Porque Violeta, mi vida, antes de
conocerte yo ya te quería. Encontrarme contigo sólo vino a corroborar lo que yo
ya sabía, que existías y que la vida tenía un sentido, haberte encontrado.
¿Dónde estabas en mi infancia? Me
hubiera encantado tirarte de las trenzas, ¿Dónde estabas cuando fui a la
Universidad? No habría aprobado ni una sola asignatura, me hubiera pasado los
años mirándote estudiar en la biblioteca.
Ahora sé que mis amores antes de
ti eran tan solo una prueba para intentar estar a la altura de tu cariño.
Todos los días te digo que te
quiero, ¿o quizá ha habido alguno en que no lo haya hecho? Perdóname cielo, te
lo diré hoy doscientas veces más para compensarte algún olvido.
Te envío esta carta a nuestra
casa, llegará en dos días, quizá en tres, pero el tiempo no puede cambiar lo
que siento en este momento, el tiempo no ha cambiado nada entre tú y yo, sólo
nos ha hecho mayores. Ni si quiera tu ausencia ha cambiado nada nuestro amor,
que ya no estés no es suficiente para dejar de amarte, que ya no existas
tampoco, porque vives en cada rincón de mi memoria, en cada cosa que toco, en
nuestra casa.
Nunca quité tu nombre del buzón
porque nunca te has ido, me sorprendo muchas veces poniendo dos cubiertos en la
mesa, te llamo cuando estoy en la ducha y se apaga el calentador y el agua fría
me hiela la espalda, pero ahora ya no corres a encenderlo, muerta de risa como
solías hacer. Ahora el agua fría me devuelve a la realidad de tu ausencia.
Hace 15 años que no estás, pero soy feliz de que hayas sido mía, ya sabes que
yo siempre he sido tuya, aún lo soy porque sin ti solo soy una mitad, la mitad
de una viejecita de 68 años que da paseos con su perro, por eso voy despacio,
porque sólo soy media persona. Tú te llevaste la otra mitad, o quizá lo que
dejaste fue tu mitad, porque sin esa fuerza que me da el habernos amado tanto
¿de qué habría vivido yo estos años?
No te aburro más corazón,
esperaré a que pase el día despacio hasta volver a tu lado, esta noche, en mis
sueños, como todas las noches, como todos los días, Te quiero Violeta.
Siempre tuya,
Aurora.