jueves, 5 de marzo de 2020

La Luz de Pepa


El poder te llega cuando menos te lo esperas. Puede que siempre estuviera ahí, pero no lo notas o no sabes que dispones de él hasta que llega el momento adecuado.
A Pepa le llegó tarde, cuando trabajaba de maestra en un colegio de Albacete en los años ochenta. Estaba casada con Luis y era madre de dos hijos.
Lo descubrió mientras caminaba por el pasillo del colegio y vio la cara triste de un niño de nueve años atormentado por un abusón de los de libro.
El abusón era un niño aún más infeliz que su víctima. A Pepa le bastó con acariciarle la cara y mirarle a los ojos para llenarle el corazón de luz y armonía. El niño se transformó por completo, pidió perdón y también  ayuda a su víctima, que lo ayudó con las matemáticas y el inglés.
Pepa hacía pequeñas heroicidades, que pasan desapercibidas a los simples mortales,  pero que son trascendentales globalmente.
Nunca hubo un accidente de tráfico en un área de dos kilómetros a la redonda  desde la casa de Pepa, la librería de debajo de su casa era un negocio exitoso, las macetas que colgaban de los balcones siempre tenían flores y las heladas sólo servían para que los vecinos vistieran las bufandas tejidas a mano que las ancianas del barrio, de más de noventa años, seguían tejiendo con vitalidad adolescente.
Pepa tenía la capacidad de dar felicidad, no hay un poder mayor.
Una mañana Pepa se notó un bulto en el pecho. Cáncer de mama, lo mejor será extirpar las dos mamas. Y luego quimioterapia y un pañuelo en la cabeza.
Por supuesto lo superó, era una heroína con mucho poder. Se puso bien, siguió su vida y vio a sus hijos tener hijos que la colmaron de más felicidad y por lo tanto más poder. Con ese poder salvó a su marido de morir por un infarto, y de paso en el hospital, resolvió el mal de amores de una enfermera, el miedo a hablar en público de dos médicos y fortaleció la autoestima de una auxiliar de enfermería, que le sirvió para mandar a la mierda al borracho de su marido y conseguir la custodia de sus dos hijos.
Pepa era luz.
Pero la luz tiene su dosis de oscuridad, su sombra obligada es el precio que hay que pagar. Y entonces el cáncer volvió. Y cada vez que Pepa se iluminaba y cambiaba la vida de alguien, el cáncer se expandía y aparecía en un órgano nuevo.
Pero Pepa se mantenía estoica ante la enfermedad. Para sorpresa de sanitarios y amigos, seguía en pie, llevaba el tratamiento con optimismo, las recomendaciones que le daban las seguía a pie juntillas y  así se mantenía con vida, y con luz. Un milagro para la ciencia, lo normal para un héroe.
Sus hijos prosperaban, sus nietos crecían sanos y su barrio seguía lleno de flores. Todo esto lo conseguía sin moverse de casa, encerrada con su dolor y con Luis.
Ella se daba cuenta que, desde que enfermó tanto, su marido era el único que no absorbía su luz, no podía hacerlo feliz. Estaba tan preocupado por ella que parecía como si se hubiera cubierto de una capa anti felicidad, incluso tenía la piel más gris, estaba triste.
Pepa seguía más o menos igual, algunos días incluso mejor, pero su marido seguía gris. Intentó darle luz, lo miró a los ojos intentando buscar una explicación y ahí lo vio. El saco que llevaba Luis dentro de su ser. Un saco lleno de pena, de angustia y de enfermedad.
El cáncer de Pepa avanzaba, pero no acaba con ella. Era como si a medida que se reproducía, alguien lo fuera sacando de su cuerpo y echándolo en algún otro sitio, en un saco quizá.
Muy sería, y emocionada, le dijo “Si llenas mucho el sacó explotará y tú irás detrás”. Su respuesta fue clara “No podemos privar al mundo de tu luz, te vas a curar”.

martes, 7 de enero de 2020

La Gran Familia


Otra vez “La Gran Familia” en la tele, la voz de Pepe Isbert desgañitándose por la plaza mayor buscando a ese niño criado con leche en polvo y queso americano hacía que Basilio casi perdiera los nervios. Pero respiraba tres veces, se calmaba y retomaba el hilo de la historia que le estaba contando su suegro. Esa historia sobre cómo había participado en concurso de arar la tierra y el arado se rompió y con un brazo tiraba del arado y con otro araba el campo como si su brazo fuera un diente más de la herramienta, una historia increíble sin duda, pero las tres primeras veces. Esta sería la veinteava vez que la escuchaba, delante de las mismas caras, repetida palabra por palabra.
Basilio no podía soportarlo más. Odiaba la Navidad.
Todos los años lo mismo, y el anuncio del turrón, y las luces, y los cuartos, ¡maldita sea! De sobra sabía cómo funcionaba el maldito reloj de la Plaza Mayor, ese y todos los malditos relojes del mundo.
Y sus hijos. Pidiendo, exigiendo regalos, cosas, mandando. Basilio siempre se lamentaba de haber ido a por el segundo, por hacerlo vinieron dos. Las Navidades eran un desfalco.
Esos días la paz de su hogar sufría una perturbación que Basilio detestaba. Con lo a gusto que estaba él el resto del año, con Teresa, los dos solitos. Y no en Navidad, que ni su Teresa era Teresa. Su dulce señora de transformaba en una especie de Hidra histérica, cocinando, recogiendo, ordenando, decorando, no paraba, no escuchaba, no hablaba.
Basilio odiaba hasta la bandeja del turrón y los polvorones, con ese mantelito con encaje de bolillo que hizo la Tía Margarita, la de Bolaños de Calatrava, que era una artista en el encaje de Bolillos, que sí, la que vino a nuestra boda con un sombrero con plumas. Otra vez Margarita, que se había muerto hacía veinte años y seguía allí metida en su casa todas las Navidades en forma de mantelito con encaje de bolillos.
La Navidad que su suegro ya no estaba para contar lo del arado sintió cierto alivio, no se alegraba de su muerte, pero un atisbo de tranquilidad asomaba en Nochebuena.
Cuando la mayor dejó de venir en Nochevieja porque se iba de casa rural, sintió cómo un peso se le quitaba de encima al no tener que ver el ridículo desfile de modelos que todos los años hacía la niña antes de irse al cotillón. Ridículamente pintada como una puerta.
Un año, para Navidad, Teresa no sacó la bandeja del turrón, porque los dos tenían el azúcar alto y era mejor no tener la tentación cerca. Con la bandeja fuera de juego, también la tía Margarita desaparecía.
Años más tarde ya no venía nadie a cenar en Nochebuena y Teresa y él se acostaban antes de las doce el treinta y uno de diciembre.
Un día Basilio lo supo, se había librado de la Navidad. Su vida no se veía alterada por esas dos semanas de caos y luz. Fue entonces cuando un veinticinco de diciembre,  encendió la televisión después de comer, por si por casualidad retransmitían “La Gran Familia”.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Barco de juncos



Todos los fines de semana había muerto un niño en el río Pusa.

Con esa premisa iniciaba mi abuela nuestra visita al pueblo; intentaba disuadirnos de que fuésemos al río y que corriésemos algún peligro.

Era inútil.

Las bicicletas parecían volar hasta coger el camino que nos llevaba al “puente de los tubos”, que no era ningún puente, sino dos tubos de hormigón, seguramente bien cargado de amianto, que cruzaban por encima del cauce del río Pusa provenientes del canal de riego principal, el que abastecía los huertos y las cosechas de regadío.

Justo ahí el río hacía un remanso y una pequeña poza se convertía en nuestra piscina particular. Niños y niñas de entre ocho y dieciséis años disfrutábamos toda la tarde chapoteando, tirando piedras y cazando renacuajos.

A veces venían los padres.

Normalmente nos fastidiaba al principio, pero luego se nos pasaba porque nos dejaban a nuestro aire y además traían comida, un extra que sabíamos agradecer de la mejor manera que sabíamos, devorándolo todo.

El padre de Sergio hacía unas canoas geniales con los juncos que nacían en la ribera. Le costaba un rato hacerlo. Cortaba los juncos necesarios y luego los iba enlazando hasta que se convertían en una embarcación casi perfecta. Nos pasábamos la tarde pidiendo a nuestro astillero favorito que nos construyera navíos y él nos decía: “¡a callar niños! Hoy os hago dos y los compartís... menudas tardes me dais...”

Quince años en la Brigada General de Estupefacientes hacen que te olvides del mundo natural en general si exceptúas las plantaciones de marihuana, claro; pero suele crecer en garajes, naves o locales escondidos. Bajo luz artificial.

Decidí que ya era hora de pasar unos días en el pueblo; incluso de coger la bicicleta y bajar al puente de los tubos. Hacía al menos diez años que no iba por allí. Es bueno reconciliarse con el mundo de vez en cuando, y si se hace volviendo a donde uno fue feliz tanto mejor.

Hacía un buen día, se agradecía ir en bici. Este clima que ni frio ni calor me gusta. No hace calor para bañarse ni frío para abrigarse, creo que es como lo recordaba. Al menos los campos de cultivo lo eran. Se extendían por la llanura hasta que comenzaba el territorio de las encinas y ahí, empezaba el monte. Seguía igual, quizá más cultivo y menos encina. No estoy seguro.

Llegué a los tubos.

No pude acceder. Dos coches de la Guardia Civil custodiaban el camino. Saqué mi placa -beneficios de pertenecer al Cuerpo- y me adentré en la zona.

- ¿Qué ha pasado agente?- El guardia, con semblante serio, me miró y dirigió su mentón hacia los tubos.
 - Un chaval, catorce  años. Se suben a los tubos para intentar hacer acrobacias modernas de esas...parkur o no sé qué lo llaman. No calculó y se cayó. Estamos esperando al juez, pero vamos, ya lo ve usted...
- Aquí había una poza grande, el río venía bien cargado en esta época del año...-me extrañé.
- Dios mío, ¿Hace cuánto que no viene por aquí? Llevo ocho años destinado en esta comarca y esto siempre ha sido el mismo colector de basura y verdín que ve ahora mismo. No alcanzo a imaginar que algún día aquí hubiera habido una poza, y mucho menos de agua limpia.

Al menos me había tirado doscientas catorce veces desde ese puente al agua. Ya no había agua, sólo basura y mal olor. Ya no era un río navegable para los barcos de juncos.

Ese día sí murió un niño en el Pusa.

Pascuas en el pueblo.

Hace un frío que pela en el monte, el mismo frío o más que en el seminario. Pero sarna con gusto no pica y, con la Beretta en mano y dos con...