Quedamos en
que Miriam se encargaría de la comida enlatada, yo llevaría la envasada en
plástico y Marta sería la encargada de comprar lo que fuésemos a consumir en el
día: algo de pan, fruta y las imprescindibles cervezas. Dado el amor que las
tres le teníamos a esta bebida y en un arrebato de sentirnos tan europeas como
la que más, concluimos que no podíamos repetir marca. Cada ciudad de Europa,
una distinta.
Viajar en tren no es todo lo cómodo que
uno pueda esperar, sobre todo si tu billete de Interail solo
te permite tomar trenes regionales; nada de alta velocidad y, por supuesto,
siempre en turista. Pero eso no importa cuando se tienen veinte años. Latas de
albóndigas en la mochila y escasa importancia por la depilación.
Así éramos y así viajamos.
La mejor manera de descansar era coger trenes
que viajaran de noche e hicieran largos recorridos. De ese modo, un día
estábamos en París y al siguiente en Múnich para después amanecer en Bruselas
con billete reservado para el nocturno que iba a Viena.
Una mañana aparecimos en Innsbruck. Es
una ciudad preciosa. La capital del Tirol austriaco. Cuando paseas por sus
calles te da la impresión de que las montañas se te van a caer sobre la cabeza.
Entendimos en ese momento el miedo de los galos a que el cielo se les cayera
encima mirando hacia arriba cuando nos bajamos del tren en la estación de Innsbruck.
Enseguida bajamos la mirada al mundo
real y allí estaba, como una aparición, un escaparate que, al menos a nuestro
juicio, brillaba por encima de los demás. Era lo que llevábamos días buscando: una
lavandería.
Con un par de euros llenamos una
lavadora y de ahí sacamos la colada limpia para, con otro par de monedas,
echarla en la secadora. Hacía sol, la cerveza era barata y los bancos de
la lavandería eran cómodos. Un sueño hecho realidad para tres mochileras
universitarias.
Estábamos esperando a que la secadora
terminara su programa cuando una banda de músicos atravesó la calle.
Una maravilla de orquestación de instrumentos
de viento y percusión, trajes típicos con plumas en los sombreros, bigotes de
inmensas dimensiones y orondas mujeres con jarras de cerveza. Creo que las
tres lo pensamos, o al menos a mí se me pasó por la cabeza, pero sólo Marta lo
dijo: Tías, paso de todo. Me quedo a vivir aquí.
Marta era así, parecía una pasota pero
estaba al loro de todo lo que le rodeaba. Así que después de que a Miriam se le
pasara el ataque de risa y yo le preguntara por tercera vez que de qué coño nos
estaba hablando, volví a mirar a Marta y entonces lo vi. Era convicción y era
seguridad.
La tía hablaba en serio. Giré la
cabeza y vi el cartel en alemán que había colgado en la puerta de la lavandería: Manager
wird benötigt (se necesita encargado).
Le bastaron 10 minutos y la guía de
“Cómo hablar alemán en 10 días” para decidir que se quedaba allí a vivir.
El siguiente tren que cogimos nos llevó
hasta Lyon, pero Marta ya no venía con nosotras.
Cuando paso por una lavandería me
acuerdo mucho de ella, sobre todo porque aparece en los carteles de la mayor
franquicia de lavanderías del país. Ahí está su imagen al lado del nombre de la
marca y el lema de la misma que reza: “Valora tu tiempo y aprovéchalo, de la
colada nos encargamos nosotros”.